Voces de Primavera |

Voces de Primavera

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Tengo una predilección persistente por la naturaleza en todas sus manifestaciones y formas, una satisfacción con cualquier cosa que provenga de ella. Y a esto ¿qué puede llamársele, una flaqueza o una — virtud?

En la primavera, la naturaleza cual ama de casa cuidadosa pone la tierra en orden; y mientras levanta las alfombras blancas y coloca las verdes, sus habitaciones distintas quedan deplorablemente sucias.

La primavera es mi predilecta, cuyas voces son tristes o alegres, según esté el corazón; trayendo a la memoria el dulce ritmo de armonías no olvidadas, o tocando con ternura sus tonos conmovedores.

La primavera recorre montaña y pradera, despertando al mundo; entretejiendo la hierba ondulante, nutriendo el retoño tímido, animando la brisa suave, moviendo toda la naturaleza en un flujo incesante, con “un hálito lleno de fragancia y una mejilla en plena flor”. Aunque todo lo demás marchite, la primavera es alegre: sus pequeños piececillos con paso ligero van por el camino, dando vida a los pétalos de las margaritas, dando palmaditas al berro, meciendo la cuna del oriol; animando a las sombras sedentarias a entrar en actividad, y a los arroyos a que corran presurosos hacia el mar. Sus dedos delicados adornan el mimbre con botones plateados, pintan de rosa los pétalos de la gayuba y con melodías suaves tañen su lira órfica. “En nuestro país se ha oído la voz de la tórtola”. El pinzón de las nieves que esperó a que pasaran las tormentas, ahora eleva su canto a la brisa; el cuclillo hace oír su vihuela invisible llamando a la emplumada tribu para que vuelvan a sus hogares veraniegos. El viejo petirrojo, a pesar de su corazón afligido por las nieves invernales, predice tierra buena y cielo despejado. El arroyuelo canta murmullos con movedores a la pradera alegre; las hojas aplauden, y los vientos susurran melodiosamente entre los pinares oscuros.

¿Cuál es el himno de la vida humana?

¿Ha dejado de gemir el amor ante la tumba recién cavada, y, mirando al cielo, ora pacientemente por la primavera perpetua en la cual no hay flecha que hiera a la paloma? La esperanza y fe humanas debieran unirse a la grandiosa armonía de la naturaleza, y, aunque en tono menor, hacer música en el corazón. Y el hombre, más amistoso, debiera llamar dulcemente a los de su raza a la primavera del tierno amor del Cristo. San Pablo escribió: “Regocijaos en el Señor siempre”. Y ¿por qué no, ya que las posibilidades del hombre son infinitas, la felicidad es eterna, y se puede estar consciente de ello aquí y ahora?

Los alisos se inclinan a los arroyos para sacudir sus ramas trenzadas en los espejos acuáticos; que se inclinen los mortales al creador y, mirando a través de la transparencia del Amor, contemplen al hombre a la imagen y semejanza mismas de Dios, ordenando cada pensamiento naciente en la hermosura de la santidad. Es bueno dialogar con nuestras horas pasadas y saber qué clase de informe nos traen, y cómo hubieran informado sobre un desarrollo más espiritual. Cada año nuevo, goces más elevados, aspiraciones más sagradas, una paz más pura y una energía más divina debieran renovar la fragancia del ser. Las primeras y últimas lecciones de la naturaleza enseñan al hombre a ser bondadoso, y aun el orgullo debiera sancionar las necesidades de nuestra naturaleza. La popularidad —¿qué es? Una mera pordiosera que alardea y mendiga, y a la cual Dios niega caridad.

Cuando la violeta dulce alza sus ojos azules hacia el cielo, y la corona imperial descubre su esplendor regio al sol; cuando la hierba modesta que habita en toda la tierra, se inclina mansamente a la ráfaga; cuando el grano pacientemente espera a que los elementos hagan brotar su hoja, construyan su tallo, ordenen la espiga y la coronen con el grano lleno —¿miran entonces los mortales hacia lo alto, esperan en Dios, y encomiendan su camino a Aquel que pone las maravillas incontables de la tierra en sus manos? Cuando fueron pisoteados como la hierba ¿los hizo esto humildes, afectuosos, obedientes, llenos de dulce fragancia, y los hizo esperar pacientemente en Dios para obtener la rica herencia del hombre —”señorío en toda la tierra”? Morando así en la Verdad, el calor y la luz solar de la oración y la alabanza y la comprensión madurarán los frutos del Espíritu, y la bondad alcanzará su primavera de libertad y grandeza.

Cuando la paloma de alas blancas alimenta a su pollada implume, la abriga bajo sus alas, y en tonos trémulos de ternura la atrae a su pecho, ¿recuerdan los mortales sus canciones de cuna, y agradecen a Dios aquellas palabras redentoras de los labios de una madre que les enseñó el Padrenuestro?

Presencia gentil, gozo, paz, poder,
Vida divina, Tuyo todo es.
Amor, que al ave Tu cuidado das,
conserva de mi niño el progresar.

En medio de las hojas caídas de las religiones antiguas, por encima de la corteza helada de credo y dogma, la fuerza de la Mente divina que llena todo el espacio y tiene todo el poder, eleva la tierra. En soledad sagrada, la Ciencia divina evolucionó la naturaleza como pensamiento, y el pensamiento como objetos. Este Principio poderoso y supremo lo gobierna todo en el reino de lo real, y es “Dios con nosotros”, el Yo SOY.

A medida que los mortales despiertan de su sueño de sensación material, este Dios adorable y omnímodo, y todos los jeroglíficos del Amor en la tierra son comprendidos; y a la Mente infinita se la ve encender las estrellas, rodar los mundos, reflejar todo espacio y toda Vida —mas no vida en la materia. Gobernando sabiamente e informando al universo, esta Mente es Verdad —no leyes de la materia. Infinitamente justa, misericordiosa y sabia, esta Mente es Amor —mas no amor falible.

¡Llegó la primavera! y las puertas que habían cerrado el paso a la Ciencia Cristiana en “el largo invierno de nuestro descontento” están abiertas de par en par. Su temporada de siembra ha llegado para enriquecer la tierra y revestir de justicia al hombre; quiera su otoño de vestimenta sobria seguirla con matices celestiales, gavillas maduras y canciones de cosecha.