Una Sola Causa y Un Solo Efecto |

Una Sola Causa y Un Solo Efecto

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LA CIENCIA CRISTIANA empieza con el Primer Mandamiento del Decálogo Hebreo: “No tendrás dioses ajenos delante de mí”. Prosigue en perfecta unidad con el Sermón del monte, pronunciado por Cristo, y en esa era culmina con el Apocalipsis de San Juan, quien, aún hallándose, al igual que nosotros, en la tierra y en la carne, contempló “un cielo nuevo y una tierra nueva” — el universo espiritual, del cual ahora da testimonio la Ciencia Cristiana.

Nuestro Maestro dijo: “Las obras que yo hago, las haréis vosotros también” y, “El reino de Dios está entre vosotros”. Esto hace que sean prácticas todas sus palabras y obras. A medida que las épocas avancen en espiritualidad, se verá que la Ciencia Cristiana se aparta de la tendencia de otras religiones cristianas sólo por una espiritualidad más desarrollada.

Mi primer postulado en las proposiciones de la Ciencia Cristiana es el siguiente: “No hay vida, verdad, inteligencia ni sustancia en la materia. Todo es la Mente infinita y su manifestación infinita, porque Dios es Todo-en-todo. El Espíritu es la Verdad inmortal; la materia es el error mortal. El Espíritu es lo real y eterno; la materia es lo irreal y temporal. El Espíritu es Dios, y el hombre es Su imagen y semejanza. Por lo tanto el hombre no es material; él es espiritual”.

Soy estrictamente monoteísta — creo en un solo Dios, un solo Cristo o Mesías.

La Ciencia no es una ley de la materia ni una ley del hombre. Es el manifiesto infalible de la Mente, la ley de Dios, su Principio divino. ¿Quién se atreve a afirmar que la materia o los mortales pueden producir la Ciencia? ¿De dónde proviene, entonces, si no de la fuente divina, y qué es, sino la contemporánea del cristianismo, tan avanzada para el pensamiento humano que los mortales tienen que trabajar para descubrir por lo menos una parte de ella? La Ciencia Cristiana interpreta la Mente, Dios, a los mortales. Es el cálculo infinito que define la línea, el plano, el espacio y la cuarta dimensión del Espíritu. Refuta absolutamente la amalgamación, transmigración, absorción o aniquilación de la individualidad. Demuestra la imposibilidad de la transmisión de los males humanos, o el mal, de un individuo a otro; demuestra que todos los pensamientos verdaderos giran en las órbitas de Dios: provienen de Dios y retornan a Él — y las falsedades no pertenecen a Su creación; por lo tanto, éstas son nulas y vanas. Esta Ciencia no tiene igual ni rival, pues habita en Aquél fuera del cual “no hay otro”.

Que la Ciencia Cristiana es cristiana, se lo han probado a un mundo expectante aquellos que la han demostrado de acuerdo con las reglas de su Principio divino — junto con los enfermos, los cojos, los sordos y los ciegos que han sido sanados por ella. Quien no la haya ensayado es incompetente para condenarla; y el que esté dispuesto a pecar no puede demostrarla.

La caída de una manzana sugirió a Newton algo más que el simple hecho que percibían los sentidos, a los cuales les parecía que caía por su propia gravedad; mas la causa primordial, o fuerza de la Mente, invisible para el sentido material, se hallaba oculta entre los tesoros de la Ciencia. Cierto es que Newton la llamó gravitación, a tal grado llegaban sus conocimientos; pero la Ciencia, exigiendo más, insiste y pregunta: ¿De dónde viene o qué es el poder que anima la gravitación — la inteligencia que manifiesta el poder? ¿Es verdadero el panteísmo? ¿Acaso la mente “duerme en el mineral, sueña en el animal y despierta en el hombre”? El cristianismo responde a esta pregunta. Los profetas, Jesús y los apóstoles demostraron una inteligencia divina que subordina las llamadas leyes materiales; y la enfermedad, la muerte, los vientos y las olas obedecen a esta inteligencia. ¿Fue la Mente o la materia la que dijo en la creación “y fue hecho”? La respuesta es patente, y el mandamiento persiste: “No tendrás dioses ajenos delante de mí”.

Es evidente que el Mí a que se refiere el Primer Mandamiento tiene que ser la Mente; pues la materia no es el Dios del cristiano y no es inteligente. La materia ni siquiera puede hablar; y la serpiente, Satanás, el primer hablador en defensa de la materia, mintió. La razón y la revelación declaran que Dios es a la vez nóumeno y fenómenos — la causa primera y única. El universo, incluso el hombre, no es resultado de la acción atómica, de la fuerza o energía materiales; no es polvo organizado. Dios, Espíritu, Mente, son términos sinónimos para el Dios único, cuyo reflejo es la creación, y el hombre es Su imagen y semejanza. Pocos son los que comprenden lo que la Ciencia Cristiana quiere decir por la palabra reflejo. Dios es percibido sólo en aquello que refleja el bien, Vida, Verdad, Amor — sí, en aquello que manifiesta todos Sus atributos y poder, así como la semejanza humana proyectada sobre el espejo repite exactamente el aspecto y los ademanes del objeto frente a él. Todo tiene que ser Mente y las ideas de la Mente; puesto que, de acuerdo con las ciencias naturales, Dios, el Espíritu, no podría cambiar su especie y producir la materia.

Estas realidades exigen obediencia al Primer Mandamiento; y un conocimiento de ellas espiritualiza el pensamiento del hombre. San Pablo escribe: “Porque el ocuparse de la carne es muerte, pero el ocuparse del Espíritu es vida y paz”. Este conocimiento se me presentó en un momento de gran necesidad; y os lo ofrezco como testimonio de lo que ocurrió en mi lecho de muerte, es decir, que el lucero de la mañana amaneció en la noche del sentido material. Este conocimiento es práctico, pues determinó mi inmediato restablecimiento de una lesión causada por un accidente y declarada fatal por los médicos. Tres días después, pedí mi Biblia y la abrí en Mateo 9:2. Mientras leía, la Verdad curativa alboreó en mi pensamiento; y el resultado fue que me levanté, me vestí, y de ahí en adelante gocé de mejor salud que antes. Esa breve experiencia llevaba en sí una vislumbre de la gran realidad que desde entonces he tratado de explicar a los demás, es decir, la Vida en el Espíritu y del Espíritu; siendo esta Vida la única realidad de la existencia. Aprendí que el pensamiento mortal desarrolla un estado subjetivo al que llama materia, excluyendo así el concepto verdadero del Espíritu. Per contra, la Mente y el hombre son inmortales; y el conocimiento obtenido del sentido mortal es ilusión, error, lo opuesto de la Verdad; luego no puede ser verdadero. Abrigar a la vez un conocimiento del bien y del mal, es imposible (puesto que el bien es Dios, y Dios es Todo). Hablando del origen del mal, el Maestro dijo: “Cuando habla mentira, de suyo habla; porque es mentiroso, y padre de mentira”. Dios previno al hombre que no creyera a la serpiente parlante, o más bien, a la alegoría que la describía. El Profeta Nazareno dijo que sus seguidores deben manejar serpientes; es decir, invalidar toda falsedad o ilusión artera, destruyendo así cualquier supuesto efecto proveniente de falsas pretensiones que ejercen su supuesto poder en la mente y el cuerpo del hombre, en contra de su santidad y salud.

Que no hay sino un solo Dios o Vida, una sola causa y un efecto, es el multum in parvo de la Ciencia Cristiana; y a mi entender es la esencia del cristianismo, la religión que Jesús enseñó y demostró. En la Ciencia divina se percibe que la materia es una fase del error y que ninguno de los dos existe realmente, puesto que Dios es Verdad y Todo-en-todo. El Sermón del monte pronunciado por Cristo, en su aplicación directa a las necesidades humanas, confirma esta conclusión.

La Ciencia, comprendida, traduce la materia en Mente, rechaza toda otra teoría de la causalidad, restituye el significado espiritual y original de las Escrituras, y explica las enseñanzas y la vida de nuestro Señor. Es la “nueva lengua” de la religión, “con las señales que la siguen”, de la cual habla San Marcos. Ofrece a la humanidad el significado infinito de Dios, sanando al enfermo, echando fuera el mal y resucitando a los espiritualmente muertos. El cristianismo es semejante al Cristo sólo en la medida en que reitere la palabra, repita las obras y manifieste el espíritu del Cristo.

La única medicina de Jesús era la Mente omnipotente y omnisciente. Puesto que omni, derivado del latín, significa todo, esta medicina es todo-poder; y omnisciencia significa, asimismo, todo-ciencia. Los enfermos están en una situación más deplorable que los pecadores, si los enfermos no pueden confiar en Dios como su ayuda y los pecadores sí pueden. Si Dios creó los medicamentos como algo bueno, éstos no pueden ser perjudiciales; si Él pudo crearlos de otra manera, entonces son malos e inapropiados para el hombre; y si Él creó los medicamentos para sanar a los enfermos, ¿por qué no los empleó y recomendó Jesús con ese propósito?

Ninguna hipótesis humana, ya sea sobre filosofía, medicina o religión, puede sobrevivir la acción destructiva del tiempo; pero todo lo que es de Dios tiene vida en sí mismo, y finalmente se reconocerá como una verdad evidente de por sí, tan demostrable como las matemáticas. Cada período sucesivo de progreso es un período más humanitario y espiritual. La única conclusión lógica es que todo es Mente y su manifestación, desde la rotación de los mundos, en el éter más sutil, hasta un sembrado de patatas.

El agricultor contempla el desarrollo de una semilla y cree que sus cosechas provienen de la semilla y de la tierra, a pesar de que las Escrituras declaran que Él hizo “toda planta del campo antes que fuese en la tierra”. El Científico Cristiano pregunta: ¿De dónde vino la primera semilla, y cómo se creó la tierra? ¿Fue por moléculas, o por átomos materiales? ¿De dónde vino lo infinitesimal, — de la Mente infinita, o de la materia? Si vino de la materia, ¿cómo se originó la materia? ¿Existía de por sí? La materia no es inteligente y por eso no es capaz de evolucionar o crearse a sí misma: es el opuesto mismo del Espíritu, la Mente inteligente, autocreativa e infinita. La creencia de que hay mente en la materia es panteísmo. La historia natural demuestra que ni un género ni una especie produce su opuesto. Dios es Todo, en todo. ¿Qué puede ser más que Todo? Nada: y esto es justamente lo que llamo materia: nada. El Espíritu, Dios, no tiene antecedente; y el consecuente de Dios es el cosmos espiritual. La frase “imagen misma” en la versión corriente de Hebreos 1:3 es, en el Testamento griego, carácter.

Las Escrituras llaman a Dios el bien, y el término sajón para Dios es, igualmente, el bien. De esta premisa viene la conclusión lógica de que Dios es natural y divinamente el bien infinito. ¿Cómo puede, entonces, cambiar o cambiarse esta conclusión para significar que el bien es el mal, o el creador del mal? ¿Qué puede haber aparte de la infinitud? ¡Nada! Por consiguiente, la Ciencia del bien llama al mal, nada. En la Ciencia divina los términos Dios y el bien, como Espíritu, son sinónimos. Que Dios, el bien, crea el mal, o algo que pueda resultar en mal — o que el Espíritu crea su opuesto, llamado materia — son conclusiones que destruyen su propia premisa y prueban su nulidad. En este punto es donde la Ciencia Cristiana se aferra a su tesis y otros sistemas de religión abandonan su propia lógica. Aquí también se halla el meollo de la declaración fundamental, el punto cardinal de la Ciencia Cristiana, que la materia y el mal (incluyendo toda discordancia, todo pecado, enfermedad y muerte) son irreales. Los mortales aceptan en las ciencias naturales la base de que ninguna especie produce jamás su opuesto. Entonces, ¿por qué no aceptar la Ciencia divina sobre esta base? ya que las Escrituras sostienen este hecho con parábolas y pruebas, inquiriendo: “¿Acaso se recogen uvas de los espinos, o higos de los abrojos?” “¿Acaso alguna fuente echa por una misma abertura agua dulce y amarga?”

Según la razón y la revelación, el mal y la materia son una negación; pues el mal significa la ausencia del bien, Dios, a pesar de que Dios está siempre presente; y la materia pretende que existe algo aparte de Dios, cuando en realidad Dios es Todo. Creación, evolución o manifestación tienen que ser espirituales y mentales, pues están en el Espíritu, la Mente, y proceden de ellos, y son todo lo que realmente existe. Esto es Ciencia, y puede demostrarse.

Pero, dice usted, ¿es acaso espiritual una piedra?

Para el errado sentido material ¡No! mas para el infalible sentido espiritual es una pequeña manifestación de la Mente, un símbolo de sustancia espiritual, “la sustancia de las cosas que se esperan”. Los mortales sólo pueden reconocer la piedra como sustancia si primero admiten que es sustancial. Suprímase el concepto mortal de sustancia, y la piedra misma desaparecerá, sólo para reaparecer en el concepto espiritual acerca de ella. La materia, no teniendo sensación propia, no puede ver, oír, palpar, gustar ni oler. La percepción por medio de los cinco sentidos personales es mental, y depende de las creencias que abriguen los mortales. Destrúyase la creencia de que uno puede caminar, y la volición cesa; pues sin la mente, los músculos no pueden moverse. La materia no tiene conocimiento de la materia. En los sueños, las cosas son sólo la hechura de la mente mortal; y los fenómenos de la vida mortal son como los sueños; y esta llamada vida es un sueño que pronto pasa. En la medida en que los mortales se tornen de este sueño mortal y material al concepto verdadero de la realidad, se encontrará que la Vida eterna es la única Vida. Nuestro Maestro le demostró a su incrédulo discípulo, Tomás, que la muerte no destruye las creencias de la carne. Asimismo, demostró que únicamente la Ciencia divina puede sojuzgar la materialidad y la mortalidad; y demostró esta gran verdad mediante su ascensión después de la muerte, por la cual se elevó por encima de la ilusión de la materia.

El Primer Mandamiento: “No tendrás dioses ajenos delante de mí”, sugiere la pregunta: ¿Qué significa este Mí — Espíritu o materia? Ciertamente que no significa un ídolo esculpido, y tiene que significar Espíritu. De manera que el mandamiento quiere decir: No reconocerás inteligencia ni vida en la materia; ni encontrarás placer o dolor en ella. El conocimiento práctico que de esta gran verdad tenía el Maestro, unido a su Amor divino, sanaba a los enfermos y resucitaba a los muertos. Él anuló literalmente las pretensiones de lo físico y de la ley física, por medio de la superioridad de la ley suprema; de ahí su declaración: “Estas señales seguirán a los que creen:… si bebieren cosa mortífera, no les hará daño; sobre los enfermos pondrán sus manos, y sanarán”.

¿Creéis en sus palabras? Yo sí, y creo que su promesa es perpetua. Si sólo hubieran sido pertinentes a sus discípulos inmediatos, el pronombre sería vosotros y no los. El propósito de la obra de su vida atañe a la humanidad universal. En otra oportunidad él oró, no solamente por los doce, sino “también por los que han de creer en mí por la palabra de ellos”.

La curación por medio del Cristo se practicaba aun antes de la era cristiana; “el Verbo era con Dios, y el Verbo era Dios”. Sin embargo, no hay analogía alguna entre la Ciencia Cristiana y el espiritismo, o entre ésta y cualquier teoría especulativa.

En el año 1867, enseñé al primer alumno Ciencia Cristiana. Desde esa fecha, entre las filas de mis aproximadamente cinco mil alumnos, sólo he sabido de catorce defunciones. Y desde 1875 (año en que se publicó la primera edición de mi obra “Ciencia y Salud con Clave de las Escrituras”) las estadísticas demuestran que han aumentado los casos de longevidad. Diariamente recibo cartas de personas informándome que la lectura de mi libro las está sanando de enfermedades crónicas y agudas que habían desafiado la pericia médica.

No hay duda de que la gente de occidente sabe que la magia esotérica y la barbarie oriental ni harán apetecible el cristianismo ni promoverán la salud y la longevidad.

Los milagros no son infracciones a las leyes de Dios; por el contrario, cumplen Sus leyes; pues son las señales que acompañan al cristianismo, por las cuales se prueba que la materia no tiene poder y que está subordinada a la Mente. Los cristianos, al igual que los estudiantes de matemáticas, debieran ir progresando hacia esas reglas superiores de la Vida que Jesús enseñó y demostró. ¿Comprendemos verdaderamente el Principio divino del cristianismo antes de haberlo comprobado, por lo menos con alguna sencilla demostración de acuerdo con el ejemplo de Jesús de sanar a los enfermos? ¿Debiéramos adoptar la “simple tabla de sumar” de la Ciencia Cristiana y dudar de sus reglas superiores, o desesperar de poder alcanzarlas finalmente, aunque al comienzo hayamos fracasado en demostrar todas las posibilidades del cristianismo?

San Juan percibió y reveló espiritualmente la suma total del transcendentalismo. Vio la tierra y el cielo verdaderos. Eran espirituales, no materiales; y en ellos no había dolor, pecado ni muerte. La muerte no era la entrada a este cielo. Sus puertas, declaró, estaban incrustadas con perlas — comparables con la comprensión inestimable de la existencia verdadera del hombre, que debiera reconocerse aquí y ahora.

El gran Mostrador del camino ilustró que la Vida no está limitada, ni contaminada ni obstruida por la materia. Probó la superioridad de la Mente sobre la carne, abrió la puerta al cautivo, y capacitó al hombre para que demostrara la ley de la Vida que, como lo declara San Pablo: “me ha librado de la ley del pecado y de la muerte”.

El dicho trillado de que la Ciencia Cristiana “¡no es ni ciencia ni cristiana!” es hoy el fósil del ingenio insensato, de la debilidad y de la superstición. “Dice el necio en su corazón: No hay Dios”.

Anímate, querido lector, pues cualquier aparente misticismo tocante al realismo está explicado en las Escrituras: “Subía de la tierra [materia] un vapor”; y el vapor del materialismo se desvanecerá a medida que nos acerquemos a la espiritualidad, el reino de la realidad; que purifiquemos nuestra vida en la justicia de Cristo; que nos sumerjamos en el bautismo del Espíritu y despertemos a Su semejanza.