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La teología escolástica elabora la proposición de que el mal es un factor del bien, y que es esencial creer en la realidad del mal para tener un sentido cabal de la existencia del bien.

Esta débil hipótesis se fundamenta sobre la base del testimonio material y mortal — sólo en aquello que los inconstantes sentidos mortales confirman y la débil razón humana acepta. La Ciencia del Alma invierte esta proposición, anula el testimonio de los errados cinco sentidos, y revela en una divinidad más clara la sola existencia del bien; la cual es, la de Dios y Su idea.

Sólo es menester admitir este postulado de la Ciencia divina para tener la oportunidad de comprobar su exactitud y discernir más claramente el bien.

Búsquese el vocablo anglosajón de Dios, y se verá que significa el bien; luego defínase el bien como Dios, y se verá que el bien es omnipotencia, es todopoderoso; llena todo el espacio, por ser omnipresente; de ahí que no quede lugar ni poder para el mal. Deséchese, pues, del pensamiento el concepto mortal y material que contradice la omnipresencia y omnipotencia del bien; admítanse únicamente los hechos inmortales que incluyen a éstos, y ¿dónde se verá o se sentirá el mal, o se encontrará que su existencia es necesaria ya sea para el origen o para la finalidad del bien?

Se insiste en que, de su estado original de perfección, el hombre ha caído en la imperfección que requiere el mal para desarrollar el bien. Si admitiéramos esta vaga proposición, la Ciencia del hombre jamás podría aprenderse; pues, para aprender la Ciencia, empezamos con la declaración correcta, con la armonía y su Principio; y si el hombre ha perdido su Principio y la armonía del Principio, a causa de las evidencias que se le presentan, no puede conocer las realidades de la existencia y sus concomitantes; ¡por lo tanto, para él, el mal es tan real y eterno como el bien, Dios! Esta horrible decepción es el árbitro e imperio del mal que el bien, Dios, una vez comprendido, forzosamente destruye.

La existencia del mal, que desde el punto de vista de los mortales parece necesaria, se demuestra, por la ley de los contrastes, que no es necesaria. El bien es el Principio primitivo del hombre; y el mal, lo opuesto del bien, carece de Principio, y no es, ni puede ser, el derivado del bien. Por tanto, el mal no es ni un primitivo ni un derivado, sino que es hipotético; en otras palabras, una mentira que no puede probarse — por lo tanto, el mal es totalmente problemático.

La Ciencia de la Verdad aniquila el error, despoja el mal de todo poder, destruyendo así todo error, pecado, enfermedad, dolencia y muerte. Pero el pecador no está protegido del sufrimiento que causa el pecado, pues hace del mal una gran realidad, se identifica con él, imagina que le causa placer, y cosecha lo que siembra; por tanto el pecador tiene que soportar los efectos de su propia ilusión hasta que despierte de ella.