Sentirse Ofendido |

Sentirse Ofendido

de Escritos Miscelaneos por


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Hay una inmensa sabiduría en el antiguo proverbio: “Mejor es el que tarda en airarse que el fuerte”. Hannah More dijo: “Si deseara castigar a mi enemigo lo instaría a que odiase a alguien”.

Castigarnos a nosotros mismos por las faltas de los demás es tontería en grado superlativo. La flecha mental lanzada por el arco de otro prácticamente no daña, a menos que nuestro pensamiento la arme de púas. Es nuestro orgullo lo que hace que la crítica ajena nos irrite, nuestra obstinación lo que hace ofensiva la acción ajena, nuestro egotismo el que se siente herido por la presunción ajena. Bien podemos sentirnos heridos por nuestras propias faltas; mas apenas si podemos permitirnos el sentirnos desdichados por las faltas de otros.

En cierta ocasión un cortesano le dijo a Constantino que una turba había roto a pedradas la cabeza de su estatua. El emperador, llevándose las manos a la cabeza, exclamó: “Es muy extraño, pero no me siento herido en lo más mínimo”.

Debiéramos recordar que el mundo es grande; que existen miles de millones de voluntades, opiniones, ambiciones, gustos, y afectos humanos diferentes; que cada persona tiene una historia, una constitución, una cultura, y un carácter diferente de todos los demás; que la vida humana es el trabajo, el juego, la incesante acción y reacción del uno sobre el otro, de estos distintos átomos. Por tanto, debiéramos entrar en la vida con la mínima esperanza, pero con la mayor paciencia; con un vivo deseo de regocijarnos con todo lo hermoso, grandioso y bueno, y apreciarlo; mas con un estado de ánimo tan genial que la fricción del mundo no afecte nuestra sensibilidad; con una ecuanimidad tan firme que ningún hálito pasajero ni disturbio accidental llegue a agitarla o perturbarla; con una caridad lo bastante amplia que cubra los males de todo el mundo, y lo suficientemente dulce que neutralice lo que en él sea amargo —resueltos a no ofendernos cuando no hubo mala intención, ni aun si la hubiera, a menos que la ofensa sea contra Dios.

Nada, sino nuestros propios errores, debiera ofendernos. Aquel que intencionalmente trata de perjudicar a otro, es digno de lástima más que de resentimiento; y me pregunto si existe alguien lo bastante adulador, tonto o mentiroso, que pueda ofender a una mujer de alma íntegra.