Primer Discurso 26 de mayo 1895 |

Primer Discurso 26 de mayo 1895

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Amigos y hermanos: —Vuestra Lección Dominical, compuesta de textos de las Escrituras y de pasajes correlativos de “Ciencia y Salud con Clave de las Escrituras”, os ha alimentado. Como secuela, sólo puedo traeros las migajas que han caído de esta mesa de la Verdad, y recoger lo que ha sobrado.

Desde hace mucho tiempo ha sido de suma importancia considerar: ¿Cómo habrá de adorar la humanidad al más adorable, pero al que menos se adora —y dónde habrá de comenzar esa alabanza que jamás terminará? Creo oír por doquier el suave y dulce suspiro de ángeles que responden: “Vivid de tal manera que vuestras vidas confirmen vuestra sinceridad y canten Su alabanza”.

La música es la armonía del ser; mas la música del Alma aporta las únicas melodías que conmueven los acordes del sentimiento y despiertan las cuerdas del arpa del corazón. Movido por la mente, vuestro órgano de múltiples voces, imitando los tonos de numerosos instrumentos, Le alaba; mas aun la dulzura y belleza en este templo y de este templo que Lo ensalzan, son acentos terrenales y no deben ser confundidos con los oráculos de Dios. El arte no debiera prevalecer sobre la Ciencia. El cristianismo no es superfluo. Su poder redentor se manifiesta en duras pruebas, abnegaciones, y crucifixiones de la carne. Mas éstas vienen al rescate de los mortales para amonestarlos y plantar sus pies firmemente en el Cristo. A medida que nos elevamos por encima de las aparentes nieblas de los sentidos, percibimos más claramente que todo el homenaje del corazón Le corresponde a Dios.

Más amor es la gran necesidad de la humanidad. Un afecto puro, concéntrico, que se olvide de sí mismo, que perdone agravios y los prevenga, debiera inspirar la lira del amor humano.

Tres puntos cardinales tienen que lograrse antes de que la pobre humanidad se regenere y la Ciencia Cristiana sea demostrada: (1) Un concepto correcto de lo que es el pecado; (2) el arrepentimiento; (3) la comprensión de lo que es el bien. El mal es una negación: jamás comenzó con el tiempo, y no puede marchar junto con la eternidad. Los falsos sentidos de los mortales pasan por tres estados y fases de consciencia humana antes de abandonar el error. Al sentido engañado debe mostrársele primero su falsedad mediante el conocimiento del mal como mal, así llamado. Sin reconocer sus repetidas violaciones de la ley divina, el individuo puede enceguecer moralmente, y este deplorable estado mental es idiotez moral. El no ver que se tiene una mentalidad deformada y el no expresar el correspondiente arrepentimiento, profundo, del cual uno jamás habrá de arrepentirse, están retardando, y en ciertos casos morbosos deteniendo, el progreso de los Científicos Cristianos. Sin el reconocimiento de sus pecados, y sin un arrepentimiento tan severo que los destruya, nadie es o puede ser un Científico Cristiano.

La humanidad o bien le da demasiada importancia al pecado o no la suficiente. El santo sensible y afligido le da demasiada importancia; el pecador sórdido, o el llamado cristiano, adormecido, le da muy poca.

Consentir en el pecado de cualquier índole es anómalo en los Científicos Cristianos, quienes, en efecto, sostienen que el bien es infinito, Todo. Nuestro Maestro, al definir a Satanás como un mentiroso desde el comienzo, atestiguó la absoluta falta de poder —sí, la nada— del mal: puesto que una mentira, careciendo de fundamento real, es meramente una falsedad; espiritual y literalmente es nada.

El no saber que una pretensión falsa es falsa, significa estar en peligro de creer en ella; de ahí la ventaja de tener una correcta percepción del mal, y luego reducir su pretensión a su denominador correcto —nadie y nada. El pecado sólo debiera conceptuarse como un engaño. Este concepto correcto acerca de él acabaría con la ignorancia de los mortales y los efectos de esta ignorancia, y conduciría a la segunda etapa de la consciencia humana, el arrepentimiento. Es indispensable el primer estado, es decir, el conocimiento de sí mismo, el conocimiento correcto del mal y su artificiosa manera de obrar, en la cual el mal parece ser tan real como el bien, ya que podemos gobernar aquello que concebimos correctamente; mas si abrigamos un concepto equivocado de lo que es preciso saber acerca del mal —o lo conceptuamos en manera alguna como algo real— esto nos cuesta caro. Sólo es menester percibir el pecado por lo que no es; entonces somos su amo y no su siervo. Recordad que Jesús definió el pecado como mentira, y proceded de acuerdo con esta definición. Este apodo lo hace menos peligroso; pues la mayoría de nosotros no quisiéramos que se nos considere capaces de creer en aquello que sabemos que es falso, o de adherirnos a ello. ¿Qué se pensaría de un Científico Cristiano que, creyendo en el uso de medicamentos, declarara que éstos no tienen cualidad intrínsica y que la materia no existe? ¿Qué debiera pensarse de un individuoque, creyendo en aquello que es falso, al mismo tiempo declarara la unidad de la Verdad y que ésta lo es todo? Guardaos de aquellos que tergiversan los hechos; o que tácitamente asienten donde debieran disentir; o que me toman como autoridad en lo que yo desapruebo, y en lo que quizás nunca había yo pensado, y que tratan de trastrocar, invertir, o controvertir, la Verdad; pues éste es un seguro indicio de corrupción moral.

Examinaos y ved qué y cuánto pretende de vosotros el pecado; y hasta qué punto admitís como válida esta pretensión o la satisfacéis. El conocimiento del mal que da lugar al arrepentimiento es la etapa más prometedora de la mentalidad mortal. Aun la equivocación más leve tiene que ser reconocida como una equivocación a fin de corregirla; ¡cuánto más debiéramos entonces reconocer nuestros pecados y arrepentirnos de ellos, antes de que puedan ser reducidos a su nada original!

La ignorancia sólo es bendita en razón de su nada; pues ver la necesidad de substituirla con algo, bendice a los mortales. La ignorancia fue el primer estado del pecado en la alegoría de Adán y Eva en el jardín del Edén. El estado mental que ellos abrigaban no es deseable, tampoco constituye el conocimiento del pecado y sus consecuencias, el arrepentimiento, per se; pero habiendo admitido la existencia de ambos, los mortales deben apresurarse a pasar de la segunda a la tercera etapa —o sea, al conocimiento del bien; pues sin esto faltaría la valiosa secuencia del conocimiento —es decir, el poder para escapar de las falsas pretensiones del pecado. Para comprender el bien, uno tiene que percibir la nada del mal, y consagrar su vida de nuevo.

Amados hermanos, Cristo, la Verdad, os dice: “¡No temáis!” —no le tengáis temor al pecado, no sea que por eso os domine; mas sólo temed el pecar. Vigilad y orad por conoceros a vosotros mismos; pues entonces y en esta forma, viene el arrepentimiento —y lográis superioridad sobre un engaño.

El arrepentimiento es mejor que el sacrificio. El costoso bálsamo de Arabia, que fuera vertido sobre los pies de nuestro Maestro, no tenía el valor de una sola lágrima.

Amados niños, el mundo os necesita —y más como niños que como hombres y mujeres: necesita de vuestra inocencia, desinterés, afecto sincero y vida sin mácula. También vosotros tenéis necesidad de vigilar, y orar para que preservéis estas virtudes sin mancha, y no las perdáis en el contacto con el mundo. ¡Qué ambición más grandiosa puede haber que la de mantener en vosotros lo que Jesús amó, y saber que vuestro ejemplo, más que vuestras palabras, da forma a la moral de la humanidad!