Mensaje Para el Año 1902 – Extracto |

Mensaje Para el Año 1902 – Extracto

por


Haz clic aquí para escuchar el audio mientras lees:


Dios Como Amor

El Primer Mandamiento: “No tendrás dioses ajenos delante de mí”, es una ley que nunca debe abrogarse —un estatuto divino para ayer, para hoy y para siempre jamás. Consideraré brevemente estos dos mandamientos en unos pocos de sus infinitos significados, aplicables a todos los tiempos —pasado, presente y futuro.

Alternando entre el éxtasis y la alarma producidos por abstrusos interrogantes que presentan las Escrituras, tendemos a apartarnos de ellos como poco prácticos, o como más allá del conocimiento de los mortales —e inescrutables. Lo que pensamos de la Biblia se refleja en nuestra vida Así como la noche silenciosa presagia el amanecer y el clamor de la mañana; así como la torpeza de hoy profetiza renovadas energías para el mañana, de igual manera las filosofías paganas y las religiones de las tribus de antaño no hicieron más que anunciar el amanecer espiritual del siglo veinte —la religión separándose de su materialidad.

La Ciencia Cristiana calma toda aflicción en cuanto a dudosas interpretaciones de la Biblia; enciende los fuegos del Espíritu Santo, e inunda al mundo con el bautismo de Jesús. Esta llama etérea, esta casi no concebida luz del Amor divino, es la que el cielo custodia en el Primer Mandamiento.

Para que el hombre pueda estar enteramente subordinado a este mandamiento, Dios debe ser inteligentemente considerado y comprendido. El por siempre reiterado interrogante y enigma humano: ¿Qué es Dios? jamás podrá contestarse satisfactoriamente por medio de hipótesis o filosofía humanas. La metafísica divina y San Juan han aclarado para siempre este gran interrogante con estas palabras: “Dios es Amor”. Esta definición absoluta acerca de la Deidad es el tema para el tiempo y la eternidad; está reiterada en la ley de Dios, reiterada en el evangelio de Cristo, expresada en el trueno del Sinaí y susurrada en el Sermón del Monte. De ahí el dicho de nuestro Maestro: “No penséis que he venido para abrogar la ley o los profetas; no he venido para abrogar, sino para cumplir”.

Puesto que Dios es Amor, y es infinito, ¿por qué han los mortales de imaginar una ley, presentar una pregunta, formular una doctrina o especular sobre la existencia de algo que es un antípoda del Amor infinito y de su manifestación? El mandato sagrado: “No tendrás dioses ajenos delante de mí”, silencia toda pregunta sobre este tema, y por siempre prohíbe el pensamiento acerca de cualquier otra realidad, ya que es imposible tener algo que sea desemejante al infinito.

El conocimiento de vida, sustancia o ley aparte de Dios o que no sean Dios —el bien— está prohibido. La maldición del Amor y la Verdad fue pronunciada contra una mentira, contra el conocimiento falso, contra los frutos de la carne, no contra los frutos del Espíritu. Por cuanto el conocimiento del mal, de algo aparte de Dios, el bien, trajo la muerte al mundo sobre la base de una mentira, el Amor y la Verdad destruyen este conocimiento —y el Cristo, la Verdad, demostró, y continúa demostrando, esta gran realidad, salvando al pecador y sanando al enfermo.Jesús dijo que la mentira se engendra a sí misma, ilustrando así que Dios no hizo ni el mal ni sus consecuencias. Aquí se ve que toda aflicción humana radica en una falsa pretensión, en una consciencia falsa, en una creación imposible, sí, en algo que no procede de Dios. La cristianización de los mortales, por la cual el concepto mortal y todo lo que éste incluye es destruido, deja entrar el sentido divino del ser, cumple la ley en justicia y consuma el Primer Mandamiento: “No tendrás dioses ajenos delante de mí”. Toda fe, esperanza y oración Cristianas, todo deseo devoto, virtualmente está suplicando: Hazme que sea la imagen y semejanza del Amor divino.

Por medio del Cristo, la Verdad, la metafísica divina señala el camino, demuestra el cielo aquí —la lucha terminada, y la victoria del lado de la Verdad. En la medida en que los pensamientos del hombre se espiritualizan, el hombre viene a ser semejante a Dios. San Pablo escribe: “Porque el ocuparse de la carne es muerte, pero el ocuparse del Espíritu es vida y paz”. La Ciencia divina cumple la ley y el evangelio, donde Dios es Amor infinito, el cual no incluye nada indigno de ser amado, ni produce nada desemejante a Sí mismo, la verdadera naturaleza del Amor, intacta y eterna. La metafísica divina no admite origen ni causalidad aparte de Dios. Todo lo atribuye a Dios, el Espíritu, y a Sus manifestaciones infinitas de amor: el hombre y el universo.

En el primer capítulo del Génesis, la materia, el pecado, la enfermedad y la muerte no entran en la categoría de la creación o de la consciencia. Sin este entendimiento espiritual de las Escrituras, de Dios y de Su creación, ni la filosofía, ni la naturaleza ni la gracia pueden dar al hombre la idea verdadera de Dios —el Amor divino— lo suficiente como para cumplir con el Primer Mandamiento.

El prefijo latino omni, que significa todo, antepuesto a las palabras potencia, presencia, ciencia, convierte éstas en todo-poder, toda-presencia, toda-ciencia. Utilícense estas palabras para definir a Dios, y nada le queda a la consciencia sino el Amor, sin comienzo ni fin, o sea, el sempiterno YO SOY, y el Todo, aparte del cual no hay nada. Así tenemos autoridad bíblica para la metafísica divina —para el hombre y el universo espirituales coexistentes con Dios. Partiendo de estas premisas no se puede llegar a ninguna otra conclusión lógica, y ninguna otra proposición científica puede ser considerada en el cristianismo.

Amaos Unos a Otros

Aquí pasamos a otra declaración de las Escrituras que sirve para confirmar la Ciencia Cristiana. Cristo Jesús dijo: “Un mandamiento nuevo os doy: Que os améis unos a otros; como yo os he amado”. Es obvio que él llamó la atención especial de sus discípulos a su mandamiento nuevo. ¿Y por qué? Porque este mandamiento nuevo enfatiza la declaración del apóstol: “Dios es Amor” —elucida el cristianismo, ilustra a Dios, y al hombre como Su semejanza, y manda al hombre a amar como Jesús amaba.

La ley y el evangelio concuerdan, y ambos serán cumplidos. ¿Es necesario decir que la semejanza de Dios, del Espíritu, es espiritual, y que la semejanza del Amor ama? Cuando amamos, aprendemos que “Dios es Amor”; los mortales que odian, o que no expresan amor, no son ni cristianos ni Científicos. El mandamiento nuevo de Cristo Jesús muestra lo que es la verdadera espiritualidad y sus efectos armoniosos sobre el enfermo y el pecador. Ninguna persona puede sanar o reformar al género humano a menos que esté motivada por el amor y la buena voluntad hacia los hombres. La coincidencia entre la ley y el evangelio, entre el viejo y el nuevo mandamiento, confirma el hecho de que Dios y el Amor son uno. Los de ánimo espiritual son inspirados por la ternura, la Verdad y el Amor. La vida de Cristo Jesús, sus palabras y sus obras, demuestran el Amor. No tenemos evidencia alguna de ser Científicos Cristianos a menos que poseamos esta inspiración y su poder para sanar y salvar. La energía que salva a los pecadores y sana a los enfermos es divina: y el Amor es el Principio de esta energía. El cristianismo científico desarrolla la regla del amor espiritual; hace activo al hombre, inspira la bondad perpetua, pues el ego, o yo, va al Padre, y así el hombre es semejante a Dios. El amor, la pureza, la mansedumbre, coexisten en la Ciencia divina. La lujuria, el odio, la venganza, coinciden en el sentido material. Cristo Jesús veía al hombre en la Ciencia, y lo veía poseyendo el reino de los cielos dentro de sí. Se refería al hombre no como del linaje de Adán, una desviación de Dios, o como Su semejanza perdida, sino como el hijo de Dios. El amor espiritual hace al hombre estar consciente de que Dios es su Padre, y el estar consciente de Dios como Amor da al hombre un poder que se desarrolla en medida indecible. Entonces Dios viene a ser para él la Omnipresencia —extinguiendo el pecado; la Omnipotencia —confiriendo vida, salud, santidad; la Omnisciencia —toda ley y todo evangelio.

Jesús ordenó: “Sígueme; deja que los muertos entierren a sus muertos”; en otras palabras: Deja que el mundo, la popularidad, el orgullo y la comodidad te preocupen menos, y tú ama. Cuando el pleno significado de estas palabras se haya comprendido, tendremos mejores practicistas, y la Verdad emergerá en el pensamiento humano trayendo curación en sus alas, regenerando a la humanidad y cumpliendo las palabras del apóstol: “Porque la ley del Espíritu de vida en Cristo Jesús me ha librado de la ley del pecado y de la muerte”. Los acordes afectuosos tornan las discordancias en armonía. Toda condición denotada por el gran Maestro, toda promesa cumplida, fue afectuosa y espiritual, promoviendo un estado de consciencia que abandona los tonos menores de la llamada vida material y participa constantemente de la naturaleza del Cristo.

La unidad de Dios y el hombre no es el sueño de un cerebro febril; es el espíritu del Cristo sanador, que moró por siempre en el seno del Padre, y que debería morar por siempre en el hombre. Cuando por primera vez oí el sonido vivificante de este espíritu, y no sabía de dónde procedía ni a dónde iba, fue la evidencia de su origen divino y de su poder sanador lo que abrió mis cerrados ojos.

Cuando Morse descubrió la telegrafía, ¿se rieron de ello durante mucho tiempo los pensadores de su época? ¿Riñeron durante largo tiempo con el inventor de la máquina de vapor? ¿Ha de ser causa de acerbos comentarios y de ataques personales el que una persona satisfaga la necesidad de la humanidad con alguna verdad nueva a la vez que antigua, que contrarresta la ignorancia y la superstición? Todo lo que amplía la habilidad del hombre para conocer el bien y hacer el bien, y subyuga la materia, libra una lucha con la carne. El utilizar las capacidades de la mente humana saca a luz nuevas ideas, desarrolla fuerzas espirituales —las energías divinas— y su poder sobre la materia, la molécula, el espacio, el tiempo, la mortalidad; y los mortales claman: “¿Has venido acá para atormentarnos antes de tiempo?”, luego refutan los hechos, llamándolos falsos o prematuros, y reiteran: ¡Déjame! De ahí que las huellas de un reformador estén manchadas de sangre. El Rvdo. Hugh Black escribe con acierto: “La cuna de la civilización no es Atenas, sino el Calvario”.

Cuando la mente humana está elevándose por encima de sí misma hacia lo Divino, está subyugando el cuerpo, dominando la materia, dirigiéndose hacia afuera y hacia arriba. Esta tendencia ascendente de la humanidad finalmente alcanzará la amplitud de la visión de Jacob, y se elevará de los sentidos al Alma, de la tierra al cielo.

Las religiones en general admiten que el hombre finalmente se vuelve espiritual. Si tal es la condición final del hombre, su predicado tendiente hacia esa meta es correcto, e inevitablemente espiritual. ¿Por qué, entonces, atacar al reformador que descubre el camino más espiritual, acorta la distancia, aligerar la carga gravosa y acelera el tránsito de los mortales de la materia al Espíritu —sí, del pecado a la santidad? Esta es realmente nuestra única prueba de que el Cristo, la Verdad, es el camino. El antiguo y repetido martirio de los mejores testigos de Dios es la manifestación mórbida del mal, el modus operandi del error humano, carnalidad, oposición a Dios y a Su poder en el hombre. Perseguir a un reformador es como sentenciar a un hombre por comunicarse con naciones extranjeras por otros medios que no sean el de recorrer a pie toda la ruta terrestre, y atravesar a nado el océano llevando una carta en la mano para dejarla en el litoral extranjero. Nuestro Padre celestial jamás destinó a los mortales que buscan un país mejor, a vagar por las riberas del tiempo como viajeros desilusionados, llevados de un lado a otro por circunstancias adversas, inevitablemente sujetos al pecado, la enfermedad y la muerte. El Amor divino aguarda por la humanidad e intercede para salvarla —y aguarda con autoridad y bienvenida, con gracia y gloria, a los agobiados y cansados del mundo que encuentran el camino al cielo y lo señalan.

La envidia o el ataque contra aquel que, teniendo una nueva idea o una comprensión más espiritual de Dios, se apresura a ayudar a su prójimo mortal a progresar, no es ni cristianismo ni Ciencia. Si un servicio postal, una máquina de vapor, un cable submarino, un telégrafo sin hilos, cada uno en su momento ha ayudado a la humanidad, ¡cuánto más se logra cuando se ayuda a la raza a progresar por medio de un nuevo a la vez que antiguo mensaje de Dios, sí, mediante el conocimiento de la salvación del pecado, la enfermedad y la muerte!

La maldad del mundo dio a nuestro glorificado Maestro una copa amarga —la que él bebió, dando gracias, y luego la dio a sus seguidores para que ellos también la bebieran. Por lo tanto, esta copa es tuya, cristiano que progresas, y ésta es la bendición de tu Señor sobre ella: “Bienaventurados sois cuando por mi causa os vituperen y os persigan, y digan toda clase de mal contra vosotros, mintiendo. Gozaos y alegraos, porque vuestro galardón es grande en los cielos; porque así persiguieron a los profetas que fueron antes de vosotros”.

Los judíos de antaño condenaron a muerte al Profeta de Galilea, el mejor cristiano sobre la tierra, por las verdades que dijo e hizo: mientras que hoy judío y cristiano pueden unirse en doctrina y práctica sobre la base misma de sus palabras y obras. El judío cree que el Mesías o Cristo todavía no ha venido; el cristiano cree que Cristo ha venido y que es Dios. Aquí interviene la Ciencia Cristiana, explica estos puntos doctrinales, elimina el desacuerdo y resuelve todo el problema sobre la base de que Cristo es el Mesías, la verdadera idea espiritual, y que este ideal de Dios existe ahora y eternamente, aquí y en todas partes. El judío que cree en el Primer Mandamiento es monoteísta, tiene un Dios omnipresente: así el judío se une a la idea cristiana de que Dios ha venido, y está siempre presente. El cristiano que cree en el Primer Mandamiento es monoteísta: así el cristiano virtualmente se une a la creencia del judío en un solo Dios, y que Jesucristo no es Dios, como él mismo lo declaró, sino que es el Hijo de Dios. Esta declaración de Cristo, entendida, no contradice en modo alguno otra de sus declaraciones: “Yo y el Padre uno somos” —esto es, uno en cualidad, no en cantidad. Tal como una gota de agua es una con el océano, un rayo de luz uno con el sol, así Dios y el hombre, Padre e hijo, son uno en el ser. Las Escrituras dicen: “Porque en El vivimos, y nos movemos, y somos”.

Sugiero como lema para todo Científico Cristiano, como escudo espiritual vivo y vivificante contra las potestades de las tinieblas:

“Grande no como César, manchado de sangre,
sino sólo grande según soy bueno”.

Sobre esta base sólida descansa para cualquier cristiano el único éxito genuino posible, y es sobre esta base que yo he alcanzado el mío. El crecimiento y prosperidad notables de la Ciencia Cristiana son su legítimo fruto. Un fin pleno de éxito jamás podría haberse logrado sobre ningún otro fundamento, con verdades para presentar al mundo, tan contrarias a las convicciones comunes de la humanidad. Desde el comienzo de la gran batalla cada paso de progreso ha sido recibido (no por el género humano, sino por cierta especie de individuos) con burla, envidia, rivalidad y falsedades —a medida que hazaña tras hazaña ha sido proclamada al mundo en primer plano y registrada en el cielo. Las filosofías y religiones populares no me han brindado ni ayuda ni protección en la gran contienda. Por lo tanto, pregunto: ¿Qué es lo que ha escudado y prosperado preeminentemente a nuestra gran Causa, sino el brazo extendido del Amor infinito? Esta pregunta significativa, contestada franca y sinceramente, debiera silenciar para siempre toda crítica del sector privado, toda injusta difamación pública, y proporcionar un campo de actuación abierto a todos y un juego limpio.

En la década del ochenta, me fueron enviadas cartas anónimas amenazándome con hacer volar el salón donde yo predicaba; sin embargo, nunca perdí mi fe en Dios, ni informé a la policía de estas cartas, como tampoco busqué la protección de las leyes de mi país. Me apoyé en Dios, y estuve a salvo.

Sanando toda clase de enfermedades sin cobrar, manteniendo un instituto libre de gravámenes, albergando y alimentando a estudiantes indigentes a quienes enseñé “sin dinero y sin precio”, seguí luchando durante muchos años; y aunque dependiendo de los ingresos provenientes de la venta de Ciencia y Salud, mi editor no me pagó ni un solo dólar por mis derechos de autor sobre la primera edición. Aquellos fueron días en que la relación entre la justicia y la vida se aproximaba a lo mítico. Antes de emprender la gran obra de mi vida, mis entradas procedentes de fuentes literarias eran amplias, hasta que, por rehusar a que se me dictara acerca de lo que debía escribir, me volví pobre en pro de la causa de Cristo. Mi esposo, el Coronel Glover, de Charleston, Carolina del Sur, era considerado rico, pero gran parte de sus haberes consistía en esclavos, y a su deceso en 1844 me rehusé a venderlos, porque nunca pude creer que un ser humano fuese propiedad mía.

Seis semanas esperé en Dios para que me sugiriera un nombre para el libro que había estado escribiendo. Su título, Ciencia y Salud, me vino en el silencio de la noche, cuando las inmutables estrellas cuidaban del mundo —cuando el sueño hubo huido— y me levanté y anoté la sagrada sugerencia. Al día siguiente se la mostré a mis amigos literatos, quienes me aconsejaron abandonar tanto el libro como el título. S in embargo, a esto no presté atención, convencida de que Dios me había guiado a escribir aquel libro, y había susurrado ese título a mi expectante esperanza y oración. Fue para mí la “voz callada y suave”* que escuchó Elías después del terremoto y del fuego. Seis meses más tarde la Srta. Dorcas Rawson, de la localidad de Lynn, me trajo la traducción de Wyclif del Nuevo Testamento, y me señaló en ella esa misma frase, “Ciencia y Salud”, que la Versión Autorizada de la Biblia traduce como “conocimiento de salvación”.

La Semejanza a Dios

San Pablo escribe: “Seguid la paz con todos, y la santidad, sin la cual nadie verá al Señor”. Reconocer la presencia y la totalidad divinas es lograr la paz y la santidad. Jesús dijo: “Yo soy el camino”. Encended los fuegos iluminadores del amor desinteresado, y ellos arrojan luz sobre la agonía en la vida de nuestro Señor, agonía soportada sin queja; abren los enigmáticos sellos del ángel que estaba de pie en el sol, una idea espiritual glorificada de Dios siempre presente —en el cual no hay oscuridad, sino que todo es luz, y en el cual mora el ser inmortal del hombre. El manso poderío, la paciencia sublime, las obras maravillosas y el no abrir la boca en defensa propia contra falsos testigos, expresan la vida a la semejanza de Dios. El ayuno, el festejo o las penitencias —formas meramente externas de la religión— fracasan en elucidar el cristianismo; no llegan al corazón ni lo renuevan; jamás destruyen ni un ápice de hipocresía, orgullo, obstinación, envidia u odio. La mera apariencia de santidad, acompañada de egoísmo, mundanalidad, odio y lujuria, son toques de difuntos que tañen el entierro de Cristo.

Jesús dijo: “Si me amáis, guardad mis mandamientos”. El sabía que la obediencia es prueba de amor; que uno gustosamente obedece cuando la obediencia le da felicidad. Ya sea egoístamente, o no, todos están dispuestos a buscar y a obedecer aquello que aman. Cuando los mortales aprendan a amar como es debido; cuando aprendan que la mayor felicidad del hombre, aquella que contiene en sí un máximo de cielo, consiste en bendecir a los demás y en la inmolación del falso yo, obedecerán tanto el viejo como el nuevo mandamiento, y recibirán la recompensa que resulta de la obediencia.

Muchos duermen cuando en realidad debieran mantenerse despiertos y despertar al mundo. Los actores del mundo cambian las escenas del mundo; y el telón de la vida humana debiera levantarse sobre la realidad, sobre aquello que va más allá del tiempo; sobre el deber cumplido y la vida perfeccionada, donde la alegría es real e inmarchitable. ¿Quiénes de aquellos que aman el mundo lo han encontrado jamás fiel? Es sabio estar dispuestos a esperar en Dios y ser más prudentes que serpientes; no odiar a nadie, amar a los enemigos y saldar cuentas con cada hora que pasa. Entonces vuestra ganancia sobrevivirá al sol, porque el sol brilla sólo para mostrar al hombre la hermosura de la santidad y las riquezas del amor. La felicidad consiste en ser buenos y en hacer lo bueno; sólo lo que Dios da, y lo que nos damos a nosotros mismos y damos a los demás por medio de Su providencia, confiere felicidad: la consciencia de valer satisface al corazón hambriento, y nada más puede hacerlo. Examinad vuestra vida diaria; prestad atención a lo que ella dice acerca de vuestras metas, móviles y propósitos más queridos, y este oráculo de los años ahuyentará todo anhelo por las dulces lisonjas del mundo o toda ansiedad en cuanto a su desaprobación. La paciencia y la resignación son los pilares de la paz que, como el sol aún por emerger, alegran con la promesa de gozo el corazón que es receptivo a la luz. Sed fieles a la puerta del templo de la conciencia, vigiladla atentamente; entonces sabréis cuándo viene el ladrón.

El constante espectáculo del pecado proyectado sobre el sentido puro del inmaculado Jesús hizo de él un varón de dolores. El vivió en una época en que los mortales miraban ignorantemente, como miran ahora, la fuerza del poder divino manifestada mediante el hombre; tan sólo para mofarse, maravillarse y perecer. Triste es decirlo, pero la cobardía y el egoísmo de sus discípulos contribuyeron a coronar con espinas la vida de aquel que no quebró la caña cascada ni apagó el pabilo que humeaba —que no hizo que los débiles cayeran, ni perdonó por falsa piedad la cizaña que se consumía. Jesús era compasivo, sincero, fiel en reprender, dispuesto a perdonar. Dijo: “En cuanto lo hicisteis a uno de estos mis hermanos más pequeños, a mí lo hicisteis”. “Amaos unos a otros, como yo os he amado”. Ningún sentido de separación, ninguna rivalidad, ningún engaño, entran en el corazón que ama como Jesús amaba. Es un falso sentido acerca del amor el que, como el arroyo de verano, pronto se seca. Jesús dio su vida por la humanidad; ¿qué más podía hacer? Amados, ¿cuánto de lo que él hizo estamos haciendo nosotros? Sin embargo, él dijo: “Las obras que yo hago, él las hará”. Cuando esta profecía del gran Maestro se cumpla, tendremos sanadores más eficaces y teorizaremos menos; la fe sin pruebas pierde su vida, y debiera ser enterrada. La conducta innoble de sus discípulos hacia su Maestro, mostrando la ineptitud de ellos para seguirlo, culminó en la caída del cristianismo genuino, aproximadamente en el año 325, y en la muerte violenta de todos sus discípulos, excepto uno.

La naturaleza de Jesús lo hizo vivamente sensible a la injusticia, ingratitud, traición y brutalidad de que fue objeto. Con todo, ¡mirad su amor! Tan pronto como hubo roto las ataduras de la tumba, se apresuró en ir a consolar a sus infieles seguidores y a eliminar sus temores. Es más: Fiel a su naturaleza divina, los reprendió en la víspera de su ascensión, llamó a uno “insensato” —luego, alzando sus manos y bendiciéndolos, ascendió de la tierra al cielo.

El Científico Cristiano no abriga resentimiento alguno; sabe que esto lo perjudicaría más que toda la malicia de sus enemigos. Hermanos, así como perdonó Jesús, perdonad vosotros. Esto digo con profunda alegría: nadie puede cometer una ofensa contra mí que yo no pueda perdonar. La mansedumbre es la armadura de un cristiano, su escudo y su adarga. Aquel que escucha los balbuceos de arrepentimiento mostrados en una lágrima hospeda ángeles —más dichoso que el conquistador de un mundo. A los agobiados y cansados, Jesús les dice: “Venid a mí”. ¡Oh gloriosa esperanza!, queda un reposo para los justos, un reposo en Cristo, una paz en el Amor. Pensar en ello acalla toda queja; el fuerte oleaje de las agitadas aguas de la vida se desvanece en espuma, y por debajo hay una estable y profunda calma.

¿Habéis sido privado de los placeres terrenales, de sus lazos y tesoros? Es el Amor divino el que lo hace, y dice: “Tenéis necesidad de todas estas cosas”. ¿Un peligro asecha tu camino? —al invertirlo, te espera una promesa espiritual.

El gran Maestro triunfó sobre pruebas de fuego. Entonces, Científicos Cristianos, confiad, y confiando, encontraréis que la Ciencia divina glorifica la cruz y corona la unión con nuestro Salvador en su vida de amor. No hay gota redundante en la copa que nuestro Padre nos permite beber. Cristo anda sobre las olas; sobre el océano de los sucesos, remontándose por sobre la oleada o descendiendo a las profundidades, la voz del que calmó la tempestad dice: “Yo soy, no temáis”. Así él nos trae al puerto deseado, al reino del Espíritu; y los matices del cielo, Orlando el amanecer del día eterno, susurran gozosamente: “No hay ebrios aquí, ni penas, ni dolor; y la gloria que aportan los pesares del mundo ha nacido sobre ti, recompensando, satisfaciendo, glorificando tu fe inquebrantable y tus buenas obras con la plenitud del Amor divino”.

Dios hizo con Su voz nacer
      de Sí la creación:
“Sea la luz; y fue la luz”.
      ¿Quién nubes disipó?
Amor, que traza la feraz
      promesa en iris fiel de paz.