Mensaje a La Asamblea Anual De La Iglesia Madre, 1896 |

Mensaje a La Asamblea Anual De La Iglesia Madre, 1896

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Amados hermanos, hijos y nietos: — Apartada de las actividades habituales de la humanidad, meditando con frecuencia sobre los problemas del ser hasta ahora no tocados, y quizás con más frecuencia sobre las controversias que lo desconciertan, vuestra Madre, cansada de tanto pensar, se vuelve hoy a vosotros; a su querida iglesia, para contar a sus torres los triunfos extraordinarios que han sido nuestros durante los últimos años: la rápida transición de salas a iglesias, de asuntos no resueltos a lo estable, del peligro a la seguridad, de los discursos fragmentarios a un sermón eterno; sí, de la obscuridad a la luz del día, en la física y en la metafísica.

¿Quién no ha aprendido que cuando está a solas tiene que vigilar sus pensamientos; su temple cuando lucha con la humanidad; y su lengua cuando está en sociedad? Nosotros también hemos alcanzado mayores alturas; hemos aprendido que las tribulaciones nos elevan a esa dignidad del Alma que nos sostiene y que finalmente las vence; y que las pruebas severas purifican a la vez que castigan.

Ninguna reprensión es tan potente como la lección silenciosa ofrecida por un buen ejemplo. Obras, más que palabras, debieran caracterizar a los Científicos Cristianos. La mayoría de la gente condena la maleficencia y la maledicencia; no obstante, nada circula tan rápidamente: ni el oro circula tanto. Los Científicos Cristianos tienen por delante una ardua carrera, y enemigos al acecho; mas tened presente que, a la larga, la probidad siempre derrota a la improbidad.

Por cierto que Dios se ha mostrado muy bondadoso hacia mi iglesia —esta hija de Sion: ella se sienta en las alturas; y el escarnecerla significa incurrir en el castigo sobre el cual el bardo hebreo habló así: “El que mora en los cielos se reirá; el Señor se burlará de ellos”.

Hasta la fecha, he observado que en la proporción en que esta iglesia ha sido bondadosa hacia Sus “pequeños”, Él la ha bendecido. Durante todo el tiempo que he estado vinculada con La Iglesia Madre, he notado que, en la proporción en que ésta ha amado a los demás, Dios ha volcado sobre ella Su amor; regando sus parajes desiertos, y ensanchando sus fronteras.

Una cosa he deseado fervientemente, y de nuevo lo suplico sinceramente, a saber, que los Científicos Cristianos aquí y por doquier, oren diariamente en su propio beneficio; no verbalmente, ni de rodillas, sino mental, humilde e importunadamente.

Cuando un corazón hambriento le pide pan al divino Padre-Madre Dios, no le es dada una piedra — sino más gracia, obediencia y amor. Si este corazón, humilde y confiado, le pide fielmente al Amor divino que lo alimente con el pan celestial, con salud y santidad, estará capacitado para recibir la respuesta a su deseo; entonces afluirá a él “el torrente de Sus delicias”, el tributario del Amor divino, y resultarán grandes progresos en la Ciencia Cristiana —también esa alegría de encontrar nuestro beneficio al beneficiar a los demás.

Para amar y ser amado, hay que hacer el bien a los demás. La condición indispensable para ser bendecido, es la de bendecir a otros; mas para ello debes conocerte a ti mismo de tal manera, bajo la dirección de Dios, que harás Su voluntad aun cuando tus perlas sean pisoteadas. A menudo la vara es Su medio de gracia; entonces tiene que ser la nuestra — no podemos dejar de empuñarla si Le reflejamos a Él.

El lenguaje sentencioso y la locuacidad pueden caer al suelo, más bien que llegar al oído o al corazón del que escucha; mas el toque de un sentimiento tierno, o una palabra bondadosa, dicha en el momento oportuno, nunca se pierden. La mente mortal presenta aspectos de carácter que necesitan cuidadosa atención y examen. El corazón humano, al igual que un colchón de plumas, necesita ser sacudido frecuentemente, a veces violentamente, y dado vuelta varias veces, pues de lo contrario, se apelmaza y es incómodo para el reposo.

Las lecciones que ofrece esta llamada vida en la materia son demasiado extensas y variadas para aprenderse o enseñarse en pocas palabras; y especialmente dentro de los límites de una carta. Por tanto doy término aquí, con el precepto del apóstol: “Por lo demás, hermanos, todo lo que es verdadero, todo lo honesto, todo lo justo, todo lo puro, todo lo amable, todo lo que es de buen nombre; si hay virtud alguna, si algo digno de alabanza, en esto pensad. Lo que aprendisteis y recibisteis y oísteis y visteis en mí, esto haced; y el Dios de paz estará con vosotros”.

Con todo cariño, vuestra Madre,

Mary Baker Eddy