Me He Resfriado |

Me He Resfriado

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Una mañana de invierno estaba parada en la acera cuando vi detenerse, frente a una imponente mansión, un carruaje; bajó de él un distinguido señor, y sacó de su carruaje ese ominoso maletín.

“¡Ah!” pensé, “alguien tiene que tomar algo y ¿qué será el brebaje?”

En ese momento un rostro pequeño y dulce apareció en el vestíbulo, y su nariz roja, ojos inflamados, tos y aspecto de cansancio lo decían todo; pero levantando los ojos ingenuamente, la pobre criatura dijo: — “Me he resfriado, doctor”.

Su evidente orgullo de tener parte en una influenza popular era cómico. Sin embargo, su dividendo, al ser comparado con el de los demás accionistas de su casa, era para ella algo nuevo; e indudablemente sabiendo ellos lo que pagaban las acciones, estaban más alarmados.

Qué hubiera ocurrido si a esta dulce niñita que tan valerosamente confesaba tener algo que no debía tener y de lo cual la mamá pensaba que tenía que deshacerse, le hubieran enseñado el valor de decir aún con más valentía, creyéndolo: “¡No me he resfriado!”

Así los remedios y las cuentas del médico se hubieran evitado; y la pequeña hubiera estado saltando al aire libre en el frío, con ojos chispeantes y mejillas coloreadas y redondeadas por la higiene metafísica.

Padres y médicos no deben quitar la dulce frescura de vida de los niños con aquella advertencia irreflexiva: “Te vas a resfriar”.

Predecir el peligro no dignifica la vida, mientras que pronosticar la libertad y la alegría sí; pues estos son poderosos promotores de la salud y la felicidad. Toda educación debiera contribuir a la fuerza moral y física y a la libertad. Si un resfrío pudiera entrar en el cuerpo sin el consentimiento de la mente, la naturaleza lo quitaría con la misma facilidad con que quita la escarcha del suelo o dejaría que permaneciera sin hacer daño como pone el frío en la crema helada para satisfacción de todos.

El árbol joven se inclina con la brisa, mientras que el fuerte roble, con forma e inclinación fijas, resiste el huracán. Es más fácil inclinar correctamente el pensamiento tierno que la mente con prejuicios. A los niños que no han sido mal enseñados, les es natural amar a Dios; pues son puros, afectuosos, y, por lo general, valientes. Las pasiones, los apetitos, el orgullo y el egoísmo tienen poco dominio sobre el pensamiento prístino y libre de prejuicios.

A temprana edad enseñad a los niños a gobernarse a sí mismos, y no les enseñéis nada que sea incorrecto. Si ven a su padre con un cigarillo en la boca, sugeridles que el hábito de fumar no es bueno, y que sólo a un repugnante gusano le es natural mascar tabaco. Asimismo, informadles seriamente que cierta marca de tabaco de mascar, conocida por su potencia como “Hacha de combate”, les corta la cabeza a los hombres; o, si se las deja, quita de sus cuerpos ese algo dulce que pertenece a la naturaleza —es decir, las fragancias puras.

Desde un punto de vista religioso, la fe, tanto del joven como del adulto, debiera centrarse en Dios tan firmemente que beneficie tanto al cuerpo como a la mente. Cuerpo y mente están correlacionados en la salvación del hombre, pues así como el hombre no podrá entrar en el cielo como pecador, tampoco podrá entrar como enfermo, y el cristianismo de Cristo echa fuera toda clase de enfermedad como de pecado.

Si quieres, prueba con dos pacientes la curación metafísica: uno que tenga defectos morales de que sanar, el otro que padezca de un mal físico. Emplea como medicina el gran alterativo, la Verdad: da al disoluto una dosis mental que diga: “No tienes ningún placer en el pecado”, y observa los efectos.

O bien te odiará y tratará que otros también te odien tomando así una dosis de error al parecer suficientemente grande para neutralizar la Verdad que has declarado, o esperará con dudas el resultado; durante cuyo intervalo, por medio de constantes luchas y terribles esfuerzos, obtienes la victoria y la Verdad lo sana de ese mal moral.

Por otra parte, al paciente postrado en el lecho adminístrale esta Verdad alterante: “Dios jamás te hizo enfermo: no hay ninguna necesidad de sufrir dolor; y la Verdad destruye el error que insiste en que es necesario que alguien sea el esclavo del pecado y la enfermedad. ‘Conoceréis la verdad, y la verdad os hará libres'”.

Entonces, como el ciego Bartimeo, el corazón que duda mira hacia lo alto, inspirado por la fe, y tu paciente se regocija en el evangelio de la salud.

Como ves, es más fácil sanar el mal físico que el mal moral. Cuando la Verdad y el Amor divinos sanan del pecado al pecador que se siente cómodo pecando ¡cuánto más debieran sanar de la enfermedad a los enfermos que se sienten incómodos en la enfermedad, y que anhelan alivio!