La Vanagloria |

La Vanagloria

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Las comparaciones son hediondas. — SHAKESPEARE

A través de toda la historia humana, los vitales frutos de la Verdad han sufrido vergüenza y pérdida temporariamente, a causa de la vanidad, cobardía o improbidad individuales. El ave que agita el ala derecha para elevarse mientras la izquierda se bate en descenso, cae a tierra. Ambas alas tienen que estar preparadas para atmósferas enrarecidas, y vuelo ascendente.

La humanidad tiene que gravitar de los sentidos al Alma, y los asuntos humanos deben ser gobernados por el Espíritu, el bien inteligente. El antípoda del Espíritu, que nosotros llamamos materia, o mal no inteligente, no es ayuda verdadera para el ser. La causa predisponente y determinante de toda derrota y victoria bajo el sol, descansa sobre esta base científica: que la acción, en obediencia a Dios, espiritualiza los móviles y métodos del hombre, y los corona de éxito; mientras que la desobediencia a este Principio divino materializa los modos y la consciencia humanos y los derrota.

Dos interrogantes personales motivan la acción humana: ¿Quién ha de ser el mayor? y ¿Quién ha de ser el mejor? La gloria terrenal es vana; pero no lo suficientemente vana para intentar señalar el camino al cielo, la armonía del ser. Las victorias imaginarias de la rivalidad y la hipocresía son derrotas. El Santo dice: “¡Oh, si hubieras atendido a Mis mandamientos! Fuera entonces tu paz como un río”. El que se aparta de la Mente para ir a la materia, y de la Verdad al error, en busca de mejores medios para sanar a los enfermos y echar fuera el error, no está adecuado a la Verdad ni a la demostración del poder divino.

El Científico Cristiano no se desvía del camino. Su total indagación y demostración reposan en la línea de la Verdad; por tanto, en una noche obscura no naufraga en los bajíos de la vanagloria. Su medicina es la Mente —el bien omnipotente y siempre presente. Su “socorro viene de Jehová”, quien sana cuerpo y mente, cabeza y corazón; cambiando los afectos, iluminando los mal orientados sentidos, y sanando tanto el pecado como al mortal pecador. Las preparaciones de Dios para los enfermos son pociones de Sus propias cualidades. Su terapéutica consiste en antídotos contra las dolencias de la mente y el cuerpo mortales. No adulteremos entonces Sus preparaciones para los enfermos con medios materiales.

Por falta de fortaleza moral caen imperios. Sólo lo correcto es irresistible, permanente, eterno. Recordad que el orgullo humano pierde el derecho al poder espiritual, y que el bien vacilante o el error presuntuoso muere a causa de sus propios elementos. Mediante la paciencia tenemos que ganar el sentido de la Verdad; y la Verdad está acostumbrada a esperar. “Encomienda a Jehová tu camino, y confía en Él; y Él hará”.

Galileo virtualmente perdió su libertad al valerse de una falsedad para recobrarla. No puede escapar de los barrotes el que entrega su sentido moral a un calabozo. Oíd las palabras del Maestro sobre el particular: “Ninguno puede servir a dos señores; porque o aborrecerá al uno y amará al otro, o estimará al uno y menospreciará al otro. No podéis servir a Dios y a las riquezas”.

¿Existe acaso hombre alguno que pueda definir mejor la ética, elucidar mejor el Principio del ser, que aquel que habló como “jamás hombre alguno ha hablado”, y cuyos preceptos y ejemplo tienen una perpetua actualidad en relación con los acontecimientos humanos?

¿Quién es el que entiende, inequívocamente, una fracción de la verdadera Ciencia de la curación por la Mente?

Pues aquel que ha probado debidamente sus conocimientos sobre una base cristiana, mental y científica; que ha elegido entre la materia y la Mente, y ha probado que la Mente divina es el único médico. Las siguientes proposiciones son evidentes de por sí: Que el hombre sólo puede ser cristianizado por medio de la Mente; que sin la Mente el cuerpo carece de acción; que la Ciencia es una ley de la Mente divina. De esto se deduce que la curación correcta por la Mente es el método correcto del cristianismo, y es Ciencia.

Puede ser que se venda la Ciencia Cristiana en los mercados. Muchos están interesados en hacer una oferta —pero no están dispuestos a pagar el precio. El error se está vendiendo a sí mismo a crédito, sabiendo bien que los mortales están dispuestos a comprar el error a la par. San Juan, el autor del Apocalípsis, vio la apertura de este silente sello mental, y oyó al gran Dragón Rojo susurrando que “ninguno pudiese comprar ni vender, sino el que tuviese la marca o el nombre de la bestia, o el número de su nombre”.

Estamos en el Valle de la Decisión. Estemos, entonces, de parte de aquel que “volcó las mesas de los cambistas, y las sillas de los que vendían palomas” —de los que permutan la integridad y la paz por el dinero y la fama. ¿Qué artista pondría en duda la pericia de los maestros en escultura, música o pintura? ¿Abandonaremos el ejemplo del Maestro en Ciencia Cristiana, Jesús de Nazaret —el ideal más elevado de la humanidad? El que demostró su poder sobre el pecado, la enfermedad y la muerte es el Metafísico por excelencia.

Buscar o emplear otros medios que no sean los que empleó el Maestro para demostrar científicamente la Vida, es perder el inapreciable conocimiento de su Principio y práctica. Él dijo: “Buscad primeramente el reino de Dios y Su justicia, y todas estas cosas os serán añadidas”. Alcanzad un cristianismo puro; pues éste es esencial para sanar al enfermo. Entonces no necesitaréis ninguna otra ayuda, y tendréis plena fe en su profecía: “Y habrá un rebaño, y un pastor”; pero el Verbo debe permanecer en nosotros si es que hemos de obtener esa promesa. No podemos apartarnos de su santo ejemplo —no podemos dejar a Cristo por las escuelas que lo crucifican, y a la vez seguirle en su obra sanadora. La fidelidad a sus preceptos y a su práctica es el único pasaporte a su poder; y el camino de la bondad y la grandeza corre por entre los modos y métodos de Dios.

“El que se gloría, gloríese en el Señor”.