Hágase Tu Voluntad |

Hágase Tu Voluntad

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ESTA es la ley de la Verdad para el error: “Ciertamente morirás”. Esta ley es una energía divina. Los mortales no pueden impedir el cumplimiento de esta ley; la cual abarca todo pecado y sus efectos. Dios es Todo, y en virtud de esta naturaleza y totalidad, Él está consciente del bien únicamente. Así como una ley que gobierna a millones de mortales a quienes los legisladores no conocen, la ley universal de Dios no conoce el mal, y penetra en el corazón humano y lo gobierna sin estar consciente de ello.

Los mortales sólo tienen que someterse a la ley de Dios, avenirse a ella, y dejar que se haga Su voluntad. Esta acción ininterrumpida de la ley del Amor divino, da descanso a los cansados y agobiados. Mas ¿quién está dispuesto a hacer Su voluntad o dejar que ésta se haga? Los mortales obedecen su propia voluntad, y desobedecen así el mandato divino.

Todos los estados y fases del error humano son combatidos y vencidos por la Verdad divina al negar el error, en la forma señalada por Dios. “El Señor al que ama, disciplina”. Su vara revela Su amor, y les interpreta a los mortales el evangelio de la curación. David dijo: “Antes que fuera yo humillado, descarriado andaba; mas ahora guardo Tu palabra”. Aquel que conoce lo por venir desde el principio, le asigna al pecado los castigos merecidos que le sirven de antídotos y remedios. ¿Quién eres tú, vano mortal, que usurpas la prerrogativa de la sabiduría divina y quisieras enseñar a Dios a no castigar el pecado —que quisieras cerrar la boca de Sus profetas, y gritar: “Paz, paz; y no hay paz”, —sí, que curas la herida de mi pueblo con liviandad?

Siendo Amor el Principio de la Ciencia divina, la regla divina de este Principio demuestra Amor, y prueba que la creencia humana cumple la ley de la creencia, y muere a causa de ésta. La metafísica también demuestra este Principio de la curación cuando el pecado se destruye a sí mismo. La miope física admite los llamados dolores de la materia que destruyen sus placeres, que son más peligrosos que los dolores mismos.

El insomnio obliga a los mortales a darse cuenta que ni el olvido ni los sueños pueden recuperar la vida del hombre, cuya Vida es Dios, pues Dios ni se adormece ni duerme. La pérdida de los placeres del paladar y las molestias de la indigestión tienden a reprender los apetitos y a destruir la paz de un sentido falso. El falso placer será castigado, es castigado; no tiene derecho a estar en paz. Sufrir por tener “dioses ajenos delante de mí”, es divinamente sabio. Las malas pasiones mueren en sus propias llamas, pero son castigadas antes de ser extinguidas. La paz no tiene apoyo en la falsa base de que el mal debiera ser encubierto y hasta ser acompañado por la vida y la felicidad. La alegría se sostiene a sí misma; la bondad y la felicidad son una: el sufrimiento nos lo imponemos nosotros mismos y el bien triunfa sobre el mal.

A esta lógica científica y a la lógica de los acontecimientos, el egotismo y la falsa caridad dicen: ” ‘Señor, no’; sabio es ocultar la iniquidad y no castigarla, entonces los mortales tendrán paz”. El Amor divino, tan inconsciente del error como incapaz de cometerlo, persigue al mal que trata de esconderse, le quita su disfraz, y —he aquí el resultado: el mal desenmascarado se destruye a sí mismo.

La Ciencia Cristiana jamás sanó a un paciente sin probar con certeza matemática que el error, cuando se le descubre, queda destruido en sus dos terceras partes, y el tercio restante se aniquila a sí mismo. ¿Se espantan los hombres al ver un nido de serpientes, y colocan en su derredor letreros avisando a la gente que no provoque a estos reptiles porque tienen aguijones? Cristo dijo: “Tomarán en las manos serpientes”; y “Sed, pues, prudentes como serpientes, y sencillos como palomas”. La prudencia de la serpiente consiste en ocultarse. La sabiduría de Dios, tal como se revela en la Ciencia Cristiana, saca a la serpiente de su escondrijo, la subyuga, y le quita su aguijón. Las buenas acciones son inofensivas. Aquel que tiene fe en la especial adaptabilidad de la mujer para guiar en la Ciencia Cristiana, no se espantará cuando ella ponga el pie sobre la cabeza de la serpiente, al morderle ésta el calcañar.

La intemperancia produce una creencia de mal funcionamiento del cerebro, las membranas, el estómago y los nervios; y esta creencia sirve para desenmascarar y matar esta serpiente en acecho, la intemperancia, que se esconde bajo el falso pretexto de una necesidad humana, de un placer inocente y de una prescripción médica. La creencia en enfermedades venéreas arranca la negra máscara de la cara desvergonzada del libertinaje, atormenta a su víctima, y así puede salvarla de su destructor.

La caridad tiene el valor de la convicción; puede que sea sufrida, pero no tiene ni la cobardía ni la temeridad de ocultar la iniquidad. La caridad es Amor; y el Amor abre los ojos del ciego, reprende el error, y lo echa fuera. La caridad jamás huye ante el error, aún cuando sufra a causa de un encuentro hostil. Amad a vuestros enemigos, o no los perderéis; y si los amáis ayudaréis a que se reformen.

Cristo señala el camino de la salvación. Su modo no es cobarde, falto de benevolencia, ni imprudente, sino que enseña a los mortales a subyugar serpientes y echar fuera el mal. Nuestra propia visión debe ser clara si hemos de abrir los ojos de los demás, de lo contrario, el ciego guiará al ciego y ambos caerán. La caridad sensiblera que obsequia ramilletes de flores a criminales, ha sido tratada sumariamente por el buen juicio de la gente en el viejo “Bay State” (Estado de Massachusetts, Estados Unidos de América.). Las leyes médicas inhumanas, la legislación que hace distinción de clases, y la hechicería de Salem (Una ciudad de dicho estado), no son propias de su tierra.

“De lo profundo te he sacado”. El hombre recién salvado de la ola despiadada que lo ahogaba, no está consciente del sufrimiento. ¿Por qué, entonces, interrumpir su paz y hacerlo sufrir al volverlo a la vida? Para salvarlo de la muerte. Luego, si un criminal está en paz ¿no debe tenérsele lástima y devolverlo a la vida? o ¿tienes miedo de hacerlo no sea que sufra, pisotee tus perlas de pensamiento, y se vuelva y te despedace? La cobardía es egoísmo. Cuando uno se protege a expensas de su prójimo debe recordar: “Todo el que quiera salvar su vida, la perderá”. Nada arriesga quien obedece la ley de Dios, y hallará la Vida que no puede perderse.

Nuestro Maestro dijo: “A la verdad, de mi vaso beberéis”. Jesús acometió el pecado en sus ciudadelas y conservó paz con Dios. Él bebió esta copa dando gracias, y dijo a sus seguidores: “Bebed de ella todos” —bebedla toda, y dejad que todos beban de ella. Él vivió el espíritu de su oración —”Venga tu reino”. ¿Diremos el Padrenuestro cuando el corazón lo niega, se rehusa a llevar la cruz y a cumplir con las condiciones de nuestra petición? El proceder humano es un necio que dice en su corazón: “No hay Dios” —un Judas acariciador que nos traiciona, y se suicida. Este proceder impío nunca sabe qué es la felicidad, ni cómo se alcanza.

Jesús llevó a cabo su trabajo, y nos dejó su gloriosa carrera como ejemplo. A la orilla de Genesaret concisamente recordó a sus discípulos la línea de conducta mundana que ellos seguían. Habían sufrido y reconocido su error. Esta experiencia les hizo recordar la reiterada advertencia de su Maestro y echar sus redes a la derecha de la barca. Cuando estuvieron preparados para ser bendecidos, recibieron la bendición. El ultimátum a su concepto humano de los medios y arbitrios debiera silenciar los nuestros. Un paso que se desvió de la línea directa de la Ciencia divina les costó — ¿cuánto? Un rápido retorno bajo el reinado de dificultades, obscuridad y labor infructuosa.

Las corrientes de la naturaleza humana se precipitan en contra del curso correcto; la salud, la felicidad y la vida no afluyen hacia ninguno de sus cauces. La ley del Amor dice: “No se haga mi voluntad, sino la Tuya”, y la Ciencia Cristiana prueba que la voluntad humana se pierde en la divina; y el Amor, el inmaculado Cristo es el remunerador. Si consciente o inconscientemente está uno trabajando en dirección equivocada ¿quién le saldrá al paso y le abrirá los ojos para que vea este error? Aquel que es un Científico Cristiano, que ha sacado la viga de su propio ojo, habla francamente al transgresor y procura mostrarle sus errores antes de informárselo a otro.

Amigos compasivos bajaron de la cruz la forma desfalleciente de Jesús, y la sepultaron fuera del alcance de su vista. Sus discípulos, que aún no habían bebido de su copa, lo perdieron de vista; no pudieron percibir su ser inmortal bajo la forma de su semejanza a Dios.

Todo lo bueno que he escrito, enseñado o vivido ha sido el resultado de la cruz que he llevado, del olvido de mí misma, y de mi fe en el bien. El sufrimiento o la Ciencia, o ambos, en la proporción en que sus instrucciones son asimiladas, señalarán el camino, abreviarán el proceso, y harán fructificar los goces que se experimentan al aceptar los métodos del Amor divino. La Escritura dice: “El que encubre sus pecados no prosperará”. No hay riesgo más grande que dejar pasar las oportunidades que Dios nos da, y el no prevenir y preparar de antemano a nuestros semejantes contra el mal que, si es descubierto, puede ser destruido.

Quieran mis amigos y mis enemigos beneficiarse de tal manera mediante estas señales del camino, que aquello que ha castigado e iluminado el camino de otro pueda perfeccionar sus propias vidas mediante dulces bendiciones. En toda época, el pionero reformador debe pasar por un bautismo de fuego. Mas los fieles adherentes de la Verdad han seguido adelante con júbilo. La Ciencia Cristiana nos da alas valerosas y una base firme. Éstos son sus tonos inspiradores provenientes de los labios de nuestro Maestro: “Mis ovejas oyen mi voz, y yo las conozco, y me siguen, y yo les doy vida eterna; y no perecerán jamás, ni nadie las arrebatará de mi mano”. No es sino un “asalariado” el que huye cuando ve venir al lobo.

Leales Científicos Cristianos, tened buen ánimo: la noche está avanzada, se acerca el día; el reino universal de Dios aparecerá, el Amor reinará en todo corazón, y Su voluntad se hará en la tierra como en el cielo.