Estanque y propósito |

Estanque y propósito

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AMADOS ALUMNOS: — Al agradeceros vuestro obsequio del hermoso estanque que habéis donado a Pleasant View en Concord, New Hampshire, no hago distinción entre mis alumnos y los vuestros, pues aquí, lo vuestro viene a ser lo mío mediante la gratitud y el afecto. Cada vez que contemple desde la ventana de mi mirador esta sonrisa de la Ciencia Cristiana, este obsequio de mis alumnos y los vuestros, siempre reflejará su amor, lealtad y buenas obras. Salomón dijo: “Como en el agua el rostro corresponde al rostro, así el corazón del hombre al del hombre”.

Las aguas que corren entre los valles, y que habéis persuadido a que me visiten, han ayudado a la imaginación durante siglos. La teología se sumerge religiosamente en el agua, la medicina la aplica físicamente, la hidrología la utiliza con la así llamada ciencia, y la metafísica la usa específicamente como símbolo y sombra. Metafísicamente, el bautismo sirve para reprender los sentidos e ilustrar la Ciencia Cristiana.

Primero: El bautismo de arrepentimiento es por cierto un penoso estado de la consciencia humana, en el cual los mortales adquieren severos conceptos de sí mismos; un estado de ánimo que rasga el velo que oculta la deformidad mental. Las lágrimas inundan los ojos, lucha la agonía, el orgullo se rebela, y un mortal parece un monstruo, una obscura e impenetrable nube de error; y, cayendo de rodillas en oración, se humilla ante Dios, y clama: “Sálvame, que perezco”. Así la Verdad, escudriñando el corazón, neutraliza y destruye el error.

Este estado de ánimo es a veces crónico, pero más frecuentemente agudo. Desde el comienzo hasta el fin, viene acompañado de duda, esperanza, tristeza, alegría, derrota y triunfo. Cuando se ha peleado la buena batalla, el error entrega sus armas y besa los pies del Amor, mientras la paz de blancas alas canta al corazón un cántico angelical.

Segundo: El bautismo del Espíritu Santo es el espíritu de Verdad que limpia de todo pecado; que da a los mortales nuevos móviles, nuevos propósitos, nuevos afectos, todos ellos señalando hacia lo alto. Este estado mental se establece en fortaleza, libertad, y en una profunda fe en Dios; y en una marcada pérdida de fe en el mal y en la sabiduría, prudencia, y medios y arbitrios humanos. Desarrolla la capacidad individual, aumenta las actividades intelectuales y vivifica de tal manera la sensibilidad moral que las grandes exigencias del sentido espiritual son reconocidas, y reprenden a los sentidos materiales que ejercen dominio sobre la consciencia humana.

Al purificar el pensamiento humano, este estado de ánimo penetra con acrecentada armonía todas las minucias de los asuntos humanos. Trae consigo previsión, sabiduría y poder maravillosos; le quita el egoísmo al propósito mortal, da firmeza a la resolución y éxito al esfuerzo. Mediante el acrecentamiento de la espiritualidad, Dios, el Principio divino de la Ciencia Cristiana, literalmente gobierna las aspiraciones, la ambición y los actos del Científico Cristiano. El gobierno divino da prudencia y energía, extermina para siempre toda envidia, rivalidad, todo mal pensamiento, maledicencia y malas acciones; y la mente mortal, así depurada, obtiene paz y poder más allá de sí misma.

Esta Ciencia Cristiana práctica es la Mente divina, la Verdad y el Amor incorpóreos, que brilla a través de las nieblas de la materialidad disipando las sombras llamadas pecado, enfermedad y muerte.

En la experiencia mortal, el fuego del arrepentimiento separa primero la escoria del oro, y la reforma trae la luz que disipa las tinieblas. Así opera el espíritu de Verdad y Amor en el pensamiento humano y, como dice San Juan, “tomará de lo mío, y os lo hará saber”.

Tercero: El bautismo del Espíritu, o la inmersión final de la consciencia humana en el océano infinito del Amor, es la última escena en el sentido corporal. Este acto omnipotente corre el telón respecto al hombre material y la mortalidad. Después de esto, la identidad o consciencia del hombre refleja solamente al Espíritu, el bien, cuyo ser visible es invisible para los sentidos físicos: el ojo no la ha visto, por cuanto es la sustancia-Espíritu y consciencia, individual y desincorporada, denominada en la metafísica cristiana, el hombre ideal —por siempre impregnado de vida eterna, santidad, paraíso. Este orden de la Ciencia es el vínculo de los siglos, que mantienen su obvia correspondencia, y une todas las épocas en el designio divino. El arrepentimiento del hombre mortal y su absoluto abandono del pecado, disuelve finalmente toda supuesta vida material o sensación física, y el hombre corpóreo o mortal desaparece para siempre. Las gravosas moléculas mortales, llamadas hombre, desaparecen como un sueño; mas el hombre nacido del gran Sempiterno, continúa viviendo coronado por Dios y bendecido.

Los mortales que en las riberas del tiempo aprenden Ciencia Cristiana, y viven lo que aprenden, progresan rápidamente hacia el cielo —el eje sobre el cual han girado todas las revoluciones naturales, civiles o religiosas, siendo las primeras servidoras de las postreras— pasando de lo mudable a lo permanente, de lo impuro a lo puro, de lo torpe a lo sereno, de lo extremoso a lo moderado. Elevándose por encima de las olas del Jordán, que se estrellan contra las riberas que se alejan, se oye la bienvenida del Padre y Madre, diciendo eternamente a los bautizados por el Espíritu: “Este es mi Hijo amado”. ¿Qué sino la Ciencia divina puede interpretar la eterna existencia del hombre, el hecho de que Dios es Todo, y la científica indestructibilidad del universo?

Las etapas progresivas de la Ciencia Cristiana se adquieren mediante desarrollo, no por acrecentamiento; el ocio es el enemigo del progreso. Y el desarrollo científico no manifiesta debilidad, ni emasculación, ni visión ilusoria, ni distracción ensoñadora, ni insubordinación a las leyes que existen, ni pérdida o carencia de lo que constituye el hombre verdadero.

El desarrollo es gobernado por la inteligencia; por Dios, el Principio activo, omnisapiente, creador de toda ley, que disciplina por medio de ley, que cumple la ley. El verdadero Científico Cristiano constantemente acentúa la armonía en sus palabras, y en sus hechos, mental y oralmente, repitiendo perpetuamente este diapasón del cielo: “El bien es mi Dios, y mi Dios es el bien. El Amor es mi Dios, y mi Dios es el Amor”.

Amados alumnos, habéis entrado en el sendero. Persistid pacientemente en él; Dios es el bien, y el bien es la recompensa de todos aquellos que buscan diligentemente a Dios. Vuestro progreso será rápido, si amáis el bien supremamente, y comprendéis y obedecéis al Mostrador del camino, quien, yendo delante de vosotros, ha escalado la empinada cuesta de la Ciencia Cristiana, está asentado sobre el monte de santidad, la morada de nuestro Dios, y se sumerge en la fuente bautismal del Amor eterno.

Mientras viajáis, y a veces anheláis descansar “junto a aguas de reposo”, meditad en esta lección de amor. Percibid su propósito; y con esperanza y fe, donde los corazones se dan encuentro y se bendicen recíprocamente, bebed conmigo de las aguas vivas del espíritu del propósito de mi vida —inculcar en la humanidad el genuino reconocimiento de la Ciencia Cristiana práctica y eficaz.