“Escoged” – Extracto |

“Escoged” – Extracto

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Mis amados hermanos: El poder divino de la Verdad exige que se actúe bien con el fin de demostrar la verdad, y esto no sólo de acuerdo con el deseo humano, sino también con poder espiritual. San Juan escribe: “Bienaventurados los que cumplen Sus mandamientos para tener derecho al árbol de la vida, y para entrar por las puertas en la ciudad”.* Las hojas secas de la fe sin obras, esparcidas al viento en los lugares desolados de Sión, reclaman a los reformadores: “Muéstrame tu fe por tus obras”.

La Ciencia Cristiana no es un habitante apartado en majestuosa soledad; no es una ley de la materia, ni un trascendentalismo que sana sólo a los enfermos. Esta Ciencia es una ley de la Mente divina, un ánimo persuasivo, un ímpetu infalible, una ayuda siempre presente. Su presencia se siente porque actúa, y actúa con sabiduría, revelando permanentemente el camino de la esperanza, la fe y el entendimiento. Es la crítica más elevada, la esperanza más elevada; y su efecto sobre el hombre es principalmente éste: que al examinar el bien que ha llegado a su vida, se ve obligado a considerar que ese bien es legítimo, sin importar quien lo haya hecho. Un Científico Cristiano cumple con su vocación. ¡Escoged!

Cuando, al perder la fe en la materia y el pecado uno encuentra el espíritu de la Verdad, entonces practica la Regla de Oro espontáneamente; y obedecer esta regla espiritualiza al hombre, porque el nolens volens del mundo no la puede subyugar. La lujuria, la deshonestidad, el pecado incapacitan al estudiante; impiden la práctica o la enseñanza eficaz de la Ciencia Cristiana, o sea, la verdad del ser del hombre. En las Escrituras leemos: “El que no toma su cruz y sigue en pos de mí, no es digno de mí”. Sobre esta base, ¿cuántos están siguiendo al Mostrador del camino? Seguimos a la Verdad sólo en la medida en que lo hagamos sincera, mansa, paciente y espiritualmente, bendiciendo a santos y a pecadores con la levadura del Amor divino que la mujer ha puesto en la cristiandad y en la medicina.

Un Científico Cristiano genuino ama a protestantes y a católicos, a doctores en teología y a doctores en medicina; ama a todos los que aman a Dios, el bien; y ama a sus enemigos. Se encontrará que, en lugar de oponerse, tal persona está al servicio de los intereses tanto de la facultad médica como del cristianismo, y ellos prosperan juntos al aprender que el poder de la Mente es buena voluntad para con los hombres. Al revelar así el metal noble que hay en el carácter, el hierro en la naturaleza humana se oxida y desaparece; la honradez y la justicia caracterizan al que busca y encuentra la Ciencia Cristiana.

El orgullo del rango o del poder es el príncipe de este mundo que no tiene nada en Cristo. Nuestro gran Maestro dijo: “Si no os… hacéis como niños, no entraréis en el reino de los cielos”, el reino de la justicia, la gloria del bien, que sana al enfermo y salva al pecador. Mi esperanza debe permanecer elevada. ¡A Ti sea la gloria, oh Tú, Dios altísimo y cercano!

Todo lo que no sea divinamente natural y que no se pueda demostrar que es verdadero en la ética, la filosofía o la religión, no es de Dios sino que se origina en la mente de los mortales. Es el sueño adánico, de acuerdo con la alegoría bíblica, en el cual se supone que el hombre comienza en el polvo y la mujer es el producto de la costilla del hombre, ¡el matrimonio sinónimo de lujuria legalizada, y la progenie de los sentidos, los asesinos de sus hermanos!

Totalmente separada de este sueño mortal, de esta ilusión y engaño de los sentidos, viene la Ciencia Cristiana a revelar que el hombre es la imagen de Dios, Su idea, coexistente con Él; Dios dándolo todo y el hombre poseyendo todo lo que Dios da. ¿De dónde, pues, vino la creación de la materia, el pecado y la muerte, el orgullo y el poder, el prestigio o el privilegio mortales? El Primer Mandamiento del Decálogo hebreo: “No tendrás dioses ajenos delante de mí”, y la Regla de Oro son el todo-entodo de la Ciencia Cristiana. Ellos son el idealismo y el realismo espirituales que, cuando se comprenden, constituyen un Científico Cristiano, sanan al enfermo, reforman al pecador, y arrebatan al sepulcro su victoria. El entendimiento espiritual que demuestra la Ciencia Cristiana capacita al Científico devoto para adorar, no a un Dios desconocido, sino a Aquél a quien, aunque comprendiéndolo sólo en parte, continúa amando más y sirviendo mejor.

Amados, no estoy con vosotros in propria persona en este memorable servicio de dedicación y comunión, pero lo estoy “en espíritu y en verdad”, agradeciendo amorosamente vuestra generosidad y fidelidad, y diciendo virtualmente lo que dijo el profeta: Continuad escogiendo a quién serviréis.

Si olvidan la Regla de Oro y ceden al pecado, los hombres no pueden servir a Dios; no pueden demostrar la omnipotencia de la Mente divina que sana al enfermo y al pecador. La voluntad humana puede mesmerizar y extraviar al hombre; la sabiduría divina, nunca. Consentir el engaño es como si el acusado argumentase por el demandante en favor de una decisión que él sabe que se volverá en su contra.

No podemos servir a dos señores. ¿Amamos a Dios supremamente? ¿Somos sinceros, justos, fieles? ¿Somos veraces con nosotros mismos? “Dios no puede ser burlado; pues todo lo que el hombre sembrare, eso también segará”. Permanecer en nuestra mejor y más desinteresada identidad es terminar para siempre con los pecados de la carne, los errores de la vida humana, con el tentador y la tentación, la sonrisa y el engaño de la condenación. Cuando hayamos vencido el pecado en todas sus formas, los hombres podrán vituperarnos y ultrajarnos, y nosotros nos regocijaremos, “porque grande es [nuestro] galardón en los cielos”.