Ciencia y Filosofía |

Ciencia y Filosofía

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Los hombres dan consejos; mas no dan la sabiduría con la cual aprovecharlos. Pedir sabiduría a Dios, es el principio de la sabiduría.

La mansedumbre, moderando el deseo humano, inspira sabiduría y logra el poder divino. Las vidas de los hombres no han sido aún esculpidas —están en el tosco mármol, sobrecargadas por crudos y rudos fragmentos, y aguardan el martilleo, cincelado y transfiguración de Su mano.

Grandes sólo en la medida en que eran buenos, porque modelados divinamente, fueron aquellos modestos, no obstante colosales caracteres, Pablo y Jesús. Suyos fueron los modos de la mente fundidos en los moldes de la Ciencia Cristiana: el de Pablo por el supremo y natural poder transformador de la Verdad; y el carácter de Jesús por su original y científica filiación con Dios. La filosofía jamás ha producido, ni puede reproducir, estas estrellas de primera magnitud —estrellas fijas en los cielos del Alma. ¿Cuándo será coronada la tierra con el verdadero conocimiento del Cristo?

Cuando la Ciencia Cristiana disipe la nube de falsos testigos, y el rocío de la gracia divina, al caer sobre las flores marchitas de gozos fugaces, levante cada pequeña hoja del pensamiento hacia el Espíritu, e “Israel según la carne”, que participa de sus propios altares, deje de ser, entonces “el Israel según el Espíritu” llenará la tierra con las energías divinas, la comprensión y el eterno flujo de las corrientes de sensación y consciencia espirituales.

Cuando la mente mortal sea silenciada por la “voz callada y suave” de la Verdad que regenera la filosofía y la lógica; y cuando a Jesús, como la idea verdadera de Dios, se le oiga, como antaño, diciendo a los oídos sensibles y a discípulos confusos: “Salí del Padre”, “Antes que Abraham fuese, yo soy”, coexistente y coeterno con Dios —y esta idea sea entendida— entonces la tierra estará colmada del conocimiento verdadero del Cristo. No fueron modos avanzados de la mente humana lo que formó a Jesús, sino la subyugación de éstos y el corazón limpio que ve a Dios.

Cuando la creencia en un origen material, en una mente mortal, en una concepción sensual, se disuelva mediante el sufrimiento que se impone uno a sí mismo, y se descubra que sus sustancias carecen de sustancia —entonces su equivocadamente llamada vida termina en muerte, y la muerte misma sorbida es en Vida— Vida espiritual, cuyas múltiples formas no son ni materiales ni mortales.

Cuando toda forma y modo del mal desaparezcan para el pensamiento humano, y moluscos y radiados sean conceptos espirituales atestiguando de un solo creador —entonces la tierra estará llena de Su gloria, y la Ciencia Cristiana habrá superado toda filosofía humana, y el ser será comprendido en asombrosa contradicción de las hipótesis humanas; y Sócrates, Platón, Kant, Locke, Berkeley, Tyndall, Darwin y Spencer se sentarán a los pies de Jesús.

Con el fin de alcanzar esta gran meta, Pablo amonestó: “Despojémonos de todo peso y del pecado que nos asedia, y corramos con paciencia la carrera que tenemos por delante, puestos los ojos en Jesús, el autor y consumador de la fe”. Así se remontarán los mortales hasta alcanzar su libertad final, y reposarán de las sutilezas de la sabiduría especulativa y las angustias humanas.

Dios es la Mente única, y Su manifestación es el universo espiritual, incluso el hombre y toda individualidad eterna. Dios, la única sustancia y el único Principio divino de la creación, no es de ninguna manera un socio creador en la razón social del error, llamada materia, o mente mortal. Él elucida Su propia idea, en la que Principio e idea, Dios y hombre, no son uno, pero sí inseparables como causa y efecto. Si fueran uno, ¿quién podría decir cuál sería ese “uno”?

Sus caminos no son como nuestros caminos. Los modos y manifestaciones divinos no son los de los sentidos materiales —por ejemplo, la materia inteligente, o mente mortal, el nacimiento, el desarrollo y la decadencia materiales: son las eternas realidades de la Ciencia divina, en las cuales Dios y el hombre son perfectos, y el razonamiento del hombre descansa en la sabiduría de Dios —quien abarca y refleja toda modalidad, forma, individualidad e identidad verdaderas.

El dogma escolástico ha cegado a los hombres. El logos de Cristo da vista a estos ciegos, oídos a estos sordos, pies a estos cojos —física, moral y espiritualmente. Los teólogos cometen el error mortal de creer que Dios, habiendo creado todo, creó el mal; mas las Escrituras declaran que todo lo que Él hizo era bueno. Entonces, ¿fue el mal un elemento de Su creación?

La filosofía hipotéticamente considera que la creación es su propio creador, pone a la causa en el efecto, y de la nada quisiera crear algo, cuyo nóumeno es la mente mortal, con su fenómeno la materia —¡una mente maligna ya condenada, cuyos modos son manifestaciones materiales del mal, y eso en forma continua hasta extinguirse a sí misma por medio del sufrimiento!

Aquí la revelación debe venir a rescatar a los mortales, a quitar esta piedra de molino mental que los está arrastrando hacia abajo, y a refutar el razonamiento errado con el cosmos espiritual y la Ciencia del Alma. Todos debemos refugiarnos de la tormenta y tempestad en el tabernáculo del Espíritu. La Verdad se logra mediante la Ciencia o el sufrimiento: ¡Oh presuntuosos mortales! ¿cuál de éstos será? Y el sufrimiento no tiene recompensa, excepto cuando es necesario para evitar el pecado o reformar al pecador. Y el placer no es un crimen excepto cuando refuerza la influencia de malas propensiones o cuando disminuye las actividades de la virtud. Cuanto más se aproxima a la pureza una mente, así llamada, que yerra, tanto más consciente se vuelve de su propia irrealidad, y de la gran realidad de la Mente divina y de la felicidad verdadera.

El “ego” que pretende entidad en el error y pasa de molécula y mono hasta llegar a ser hombre, no es ego, sino simplemente la suposición de que la ausencia del bien es mente y hace hombres —cuando su mayor aduladora, la identificación, se siente ofendida por Aquel que recompensa la vanidad con la nada, ¡polvo con polvo!

La mitología del mal y la mortalidad no es sino el modo material de una mente hipotética; en tanto que los modos inmortales de la Mente son espirituales, y no experimentan ninguna de las mutaciones de la materia, o el mal. La Verdad dijo, y lo dijo desde el principio: “Hagamos nosotros [el Espíritu] al hombre perfecto”; y no hay otro Hacedor: un hombre perfecto no desearía hacerse imperfecto, y a Dios no puede inculpársele de imperfección. Sus modos proclaman la hermosura de la santidad, y Su multiforme sabiduría brilla a través del mundo visible en vislumbres de verdades eternas. Aun por entre las nieblas de la mortalidad se percibe el resplandor de Su venida.

Debemos evitar los bancos de arena de una religión o filosofía sensual que desorienta la razón y los afectos, y aferrarnos al Principio de la Ciencia Cristiana como el Verbo que es Dios, Espíritu y Verdad. Este Verbo corrige al filósofo, refuta al astrónomo, desenmascara al astuto sofista, y enloquece a los adivinos. La Biblia es la obra maestra para el erudito, el diccionario para el ignorante, y la guía para el sabio.

Preveo y predigo que cada época más avanzada de la Verdad será caracterizada por una comprensión más espiritual de las Escrituras, la cual mostrará su marcada consonancia con el libro de texto de la curación por la Mente en la Ciencia Cristiana, “Ciencia y Salud con Clave de las Escrituras”. La interpretación del Verbo en la “nueva lengua”, mediante la cual los enfermos son sanados, evoca naturalmente una paráfrasis nueva en el mundo de las letras. “Espera pacientemente a Jehová, y tendrás nuevas fuerzas”. ¡Qué recompensa para el sacrificio personal es el haber sanado, mediante la Verdad, a los enfermos y pecadores, el haber hecho del público vuestro amigo, y el haberos familiarizado con la posteridad!

La Ciencia Cristiana refuta todo lo que no es un postulado del Principio divino, Dios. Es el alma de la filosofía divina, y no existe ninguna otra filosofía. No es una búsqueda de sabiduría, es sabiduría: es la diestra de Dios que tiene asido al universo —todo tiempo, espacio, inmortalidad, pensamiento, extensión, causa y efecto; que constituye y gobierna toda identidad, individualidad, ley y poder. La Ciencia Cristiana se basa en las siguientes proposiciones de las Escrituras: que Él hizo todo lo que fue hecho, y que ello es bueno, refleja la Mente divina, es gobernado por ella; y que nada aparte de esta Mente, el Dios único, es creado por sí mismo ni evoluciona al universo.

Las hipótesis humanas afirman que la materia proviene del Espíritu y el mal del bien; de ahí que estos opuestos tengan que cooperar o disputar entre sí a través del tiempo y la eternidad —o hasta que esta asociación imposible se disuelva. Si el Espíritu es el legislador de la materia, y el bien tiene el mismo poder o los mismos modos que el mal, entonces tiene la misma consciencia, y no existe el bien absoluto. Este error, llevado a su extremo, o bien extinguiría a Dios y Sus modos, o daría al mal realidad y poder ad infinitum.

La Ciencia Cristiana rasga este velo del templo de dioses, y reproduce la filosofía divina de Jesús y Pablo. Sólo esta filosofía resistirá la prueba del tiempo y revelará las glorias de la eternidad; porque “nadie puede poner otro fundamento que el que está puesto”, el cual es Cristo, la Verdad.

Las teorías humanas, pesadas en la balanza de Dios, son halladas faltas; y sus mejores esfuerzos son para la Ciencia lo que es para la pintura el amor de un niño por las estampas. La escuela cuyo ayo no es Cristo, interpreta mal las cosas sin saberlo.

Si la Ciencia Cristiana careciera de pruebas de su bondad y utilidad, se destruiría a sí misma, pues descansa únicamente en la demostración. Su genio consiste en pensar bien y obrar bien, en la armonía física y moral; y el secreto de su éxito reside en que satisface la necesidad universal de mejor salud y mejores hombres.

Buena salud y una religión más espiritual constituyen la necesidad común, y de esta necesidad ha surgido un resultado moral; a saber, que la mente mortal está clamando por aquello que sólo la Mente inmortal puede proveer. Si faltasen los efectos uniformes de la Ciencia divina, en lo moral y espiritual, como también en lo físico, la demanda por ella disminuiría; no obstante, continúa y aumenta, lo cual demuestra el valor real de la Ciencia Cristiana para la raza humana. Aun los médicos concuerdan en que la infidelidad, la intolerancia o la falsedad jamás han satisfecho las crecientes necesidades de la humanidad.

Como literatura, la metafísica cristiana se ve restringida por falta de términos adecuados con que expresar su significado. Como Ciencia, se ve obstruida por la ignorancia común acerca de lo que es y de lo que hace —y más que todo, por los impostores que actúan en su nombre. Para ser apreciada, debe comprenderse y presentarse con sinceridad.

Si en nuestras escuelas se le diera a la Biblia y a “Ciencia y Salud con Clave de las Escrituras” el tiempo o la atención que consume la contemplación de las hipótesis humanas, adelantarían al mundo. Por supuesto que se requiere un estudio más a fondo para comprender y demostrar lo que enseñan que para aprender la doctrina de la teología, la filosofía o la física, porque ellos contienen y ofrecen la Ciencia, con Principio fijo, regla establecida y prueba inequívoca.

Las Escrituras, desde el Génesis hasta el Apocalipsis, dan la nota tónica de la Ciencia Cristiana, y éste es el tono prolongado: “Pues Jehová es Dios, y no hay otro fuera de Él”. Y puesto que Él lo es Todo-en-todo, Él no está en nada que Le sea desemejante; y nada que haga o diga mentira está en Él, o puede ser consciencia divina.

A la fecha, la pobre cansada humanidad necesita abrir los ojos a una nueva forma de imposición en el campo de la medicina y de la religión, y guardarse “de la levadura de los escribas y fariseos”, las doctrinas de los hombres, tal como lo amonestó Jesús. Desde el comienzo hasta el fin, el mal insiste en que la unidad del bien y el mal es el propósito de Dios; y que los medicamentos, la electricidad y el magnetismo animal son los modos de medicina. En grado mayor o menor, todas las conclusiones mortales parten de esta falsa premisa, y necesariamente culminan en enfermedad, pecado, dolencia y muerte. Las doctrinas erróneas jamás han acabado y jamás acabarán con la improbidad, la obstinación, la envidia y la lujuria. El oficio del Cristo, la Verdad, es destruir el pecado y sus consecuencias —de acuerdo a Su manera mediante la Ciencia Cristiana; y esto se está haciendo diariamente.

Las falsas teorías cuyos nombres son legión, doradas de sofistería y de lo que Jesús no tenía, es decir, mera erudición —la letra sin ley, sin evangelio o demostración— no tienen cabida en la Ciencia Cristiana. Esta Ciencia le exige al hombre a ser probo, justo, puro; a amar a su prójimo como a sí mismo, y a amar a Dios por sobre todas las cosas.

La materia y el mal son estados subjetivos del error, o mente mortal. Mas la Mente es inmortal; y el hecho de que la mente mortal no existe, desenmascara la mentira del hipotético mal, demostrando que el error no es Mente, sustancia o Vida. Por consiguiente, todo lo que es mentalmente erróneo desaparecerá en la proporción en que la Ciencia sea comprendida, y la realidad del ser —bondad y armonía— sea demostrada.

El error dice que el conocer todas las cosas supone la necesidad de conocer el mal, que sostener que Dios ignora alguna cosa es profanarlo; mas de este fruto del árbol del conocimiento tanto del bien como del mal, Dios dice: “El día que de él comieres, ciertamente morirás”. Si Dios es el bien infinito, Él no conoce nada sino el bien; si conociera otra cosa, no sería infinito. La Mente infinita no conoce nada fuera de Él mismo o de Ella misma. Para el bien, el mal jamás está presente; pues el mal es un estado de consciencia distinto. No fue contra el mal, sino contra el conocimiento del mal, que Dios previno. Él mora en la luz; y en la luz Él ve luz, y no puede ver obscuridad. La conclusión opuesta, de que la obscuridad mora en la luz, no tiene ni precedente ni fundamento en la naturaleza, en la lógica ni en el carácter de Cristo.

Los sentidos quisieran decirnos que todo lo que salva del pecado, tiene que conocer el pecado. La Verdad responde que Dios es demasiado limpio de ojos para ver el mal; y en virtud de no conocer aquello que no es, Él conoce lo que es, y mora en Sí mismo, en la Vida, la Verdad y el Amor únicos —y es reflejado por un universo a Su imagen y semejanza.

Aun así, Padre, haz que la luz que resplandece en las tinieblas, y las tinieblas no prevalecen contra ella, disipe esta ilusión de los sentidos, abra los ojos de los ciegos, y haga oír a los sordos.

“La Verdad por siempre en el cadalso,
el Mal por siempre entronizado;
sin embargo aquel cadalso gobierna el futuro,
y detrás del obscuro desconocido
está Dios entre las sombras vigilando a los Suyos”. LOWELL