Ciencia Cristiana |

Ciencia Cristiana

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Ésta era aspira por el Principio perfecto de las cosas; tiende hacia la perfección en el arte, la invención y la manufactura. ¿Por qué, entonces, habría de esterotiparse la religión, y por qué no habremos de lograr un cristianismo más perfecto y práctico? Nunca servirá atrasarse en las cosas más esenciales, procedentes de la norma del bien que regula el destino humano. La habilidad humana no hace más que presagiar aquello que en el futuro ha de surgir como su origen divino. Conforme vayamos abandonando los sistemas y teorías materiales, las doctrinas y los dogmas personales, para subir humildemente la colina de la Ciencia, alcanzaremos el máximo de perfección en todas las cosas.

El Espíritu es omnipotente; por lo tanto, un cristianismo más espiritual será uno que tendrá más poder, habiendo perfeccionado en la Ciencia el arte más importante de todos —la curación.

La curación metafísica, o Ciencia Cristiana, es una exigencia de las épocas. Todo hombre y toda mujer la desearía y la exigiría, si percibieran su valor infinito y su base firme. El Principio infalible y fijo de toda curación es Dios; y este Principio debiera buscarse por amor al bien, por móviles más espirituales y desinteresados. Entonces se comprenderá que es de Dios y no del hombre; y esto impedirá que la humanidad se precipite promiscuamente, enseñando y practicando en nombre de la Ciencia sin conocer su Principio fundamental.

Es importante saber que la malapráctica del mejor Sistema resultará en la peor forma de medicina. Por otra parte, el orgullo febril y repugnante de aquellos que se llaman metafísicos o Científicos —pero que lo son sólo de nombre— abanicados por el aliento de la malapráctica mental, es la calavera presente en la fiesta de la Verdad; el mono en chaqueta de arlequín que retardará el progreso de la Ciencia vivificadora, si no se lo comprende y resiste, y se le estrangula así en sus intentos.

Se viola la norma de la curación metafísica cuando se intenta remendar la vieja vestimenta de los medicamentos con el nuevo paño de la metafísica; o cuando se trata de torcer la fatal fuerza magnética de la mente mortal, denominada hipnotismo, llamándolo “cura por la mente” para darle un corte más moderno, o —lo que es todavía peor a los ojos de la Verdad— ¡llamándolo metafísica! Reemplazar una vida buena con buenas palabras, un carácter íntegro con una apariencia de rectitud, la práctica de la medicina auténtica con la malapráctica mental, es un pobre ardid del cual se valen los débiles y mundanos que consideran la norma de la Ciencia Cristiana demasiado elevada para ellos.

¿Qué pensáis del científico en matemáticas que halla defectuosa la exactitud de la regla porque no está dispuesto a trabajar lo suficiente para ponerla en práctica? La perfección de la regla de la Ciencia Cristiana es lo que constituye su utilidad: teniendo una norma real, si algunos no la alcanzan, otros se aproximarán a ella; y éstos son los únicos que se adhieren a esa norma.

Debe comprenderse que la materia es una creencia falsa o un producto de la mente mortal: de ahí aprendemos que la sensación no está en la materia, sino en esta llamada mente; y que vemos y sentimos la enfermedad solamente en razón de nuestra creencia en ella: entonces ya no habrá más materia que nos impida ver el Espíritu y obstaculice las ruedas del progreso. Desplegamos nuestras alas en vano cuando intentamos elevarnos por encima del error usando conceptos especulativos acerca de la Verdad.

El Amor es el Principio de la Ciencia divina; y el Amor no se aprende por medio de los sentidos materiales, ni se logra mediante un esfuerzo reprochable de aparentar que somos lo que no hemos llegado a ser, es decir, cristianos. En nuestro amor hacia el hombre, obtenemos un concepto verdadero de que el Amor es Dios: y de ninguna otra manera podemos alcanzar este concepto espiritual y elevarnos —y seguir elevándonos— hacia las cosas más esenciales y divinas. Lo que estorba el progreso del hombre es su vanagloria, el fariseísmo de los tiempos, como también su esfuerzo por robar a otros y evitar el trabajo arduo; errores que jamás pueden tener cabida en la Ciencia. El conocimiento empírico es peor que inútil: jamás ha hecho adelantar al hombre un solo paso en la escala del ser.

A los pensadores profundos les causa gran asombro el que una persona se haya aventurado sobre terreno tan desconocido, y que, olvidándose de sí misma, haya procedido a establecer este poderoso sistema de curación metafísica, llamado Ciencia Cristiana, ante tantos obstáculos —sí, toda la corriente de la mortalidad. Les parece todavía más inconcebible que, además de esto, ella haya hecho algún progreso, y profundizado en las verdades espirituales del ser que constituyen la perfección física y mental, en medio de una época tan sumergida en el pecado y la sensualidad.

En este nuevo curso de la metafísica, Dios es considerado más como absoluto, supremo; y el Cristo se halla revestido de un resplandor más puro, como nuestro Salvador de la enfermedad, del pecado y de la muerte. El amor paternal de Dios como Vida, Verdad y Amor, glorifica Su soberanía.

Además, por medio de este sistema, el hombre obtiene un nuevo conocimiento de su relación con Dios. Ya no está obligado a pecar, a enfermarse y a morir a fin de alcanzar el cielo, sino que se le exige vencer el pecado, la enfermedad y la muerte y está facultado para ello; y así, como imagen y semejanza, reflejar a Aquel que destruye la muerte y el infierno. Mediante este reflejo, el hombre se hace partícipe de aquella Mente de donde surgió el universo.

En la Ciencia Cristiana, el progreso es demostración, no doctrina. Esta Ciencia mejora y regenera; libera a la humanidad de todo error por medio de la luz y el amor de la Verdad. Le confiere a la raza humana deseos más elevados y nuevas posibilidades. Pone el hacha a la raíz del árbol del conocimiento para cortar todo lo que no dé buen fruto; “y bienaventurado es el que no halle tropiezo en mí”. Relaciona a la mente con valores más espirituales, sistematiza la acción, confiere un significado más perspicaz de la Verdad y un fuerte deseo por ella.

Hambrientos y sedientos de una vida mejor, la obtendremos, y nos convertiremos en Científicos Cristianos; llegaremos a comprender a Dios correctamente, y a conocer algo acerca del hombre ideal, el hombre verdadero, armonioso y eterno. Este movimiento de pensamiento tiene que dar impulse a todas las eras: tiene que encauzar correctamente el razonamiento, educar los afectos hacia recursos más elevados, e impedir que el cristianismo sea influido por las supersticiones de una época ya pasada.