Amor |

Amor

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¡Qué palabra ésta! Con asombro reverente me inclino ante ella. ¡Sobre cuántos miles de mundos tiene alcance y es soberana! Aquello que no se deriva de cosa alguna, lo incomparable, el Todo infinito del bien, el Dios único, es Amor.

¿Mediante qué extraña perversidad lo mejor viene a ser lo más profanado —ya sea como cualidad o como entidad? Los mortales tergiversan y califican impropiamente el afecto; hacen de él lo que no es, y dudan de lo que en realidad es. El así llamado afecto que persigue a su víctima, es el carnicero que ceba al cordero para después matarlo. Lo que las propensiones mezquinas expresan debiera ser reprimido por los sentimientos. Ninguna palabra es más mal interpretada; ningún sentimiento menos comprendido. El significado divino de Amor es deformado al convertirlo en cualidades humanas, las cuales, en su desenfreno humano, se convierten en celos y odio.

El amor no es algo que se coloca sobre un estante para tomarlo en raras ocasiones con tenacillas para azúcar y colocarlo sobre el pétalo de una rosa. Exijo mucho del amor, exijo pruebas eficaces en testimonio de él y, como su resultado, nobles sacrificios y grandes hazañas. A menos que éstos aparezcan, hago a un lado la palabra como algo fingido y como la moneda falsa que no tiene el tañido del metal verdadero. El amor no puede ser una mera abstracción, o bondad sin actividad y poder. Como cualidad humana, el significado glorioso del afecto es más que palabras; es la acción tierna y desinteresada hecha en secreto, la oración silenciosa e incesante; el corazón rebosante, que se olvida de sí mismo; la figura velada que sale a hurtadillas por una puerta lateral para hacer alguna obra piadosa; los piececitos ágiles corriendo por la acera; la mano gentil que abre la puerta para visitar al necesitado y al angustiado, al enfermo y al afligido, iluminando así los lugares obscuros de la tierra.