Amad a vuestros enemigos |

Amad a vuestros enemigos

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¿Quién es tu enemigo a quien debes amar? ¿Es un ser viviente o una cosa fuera de tu propia creación?

¿Puedes ver a un enemigo, a menos que primero le hayas dado forma y luego contemples el objeto de tu propia concepción? ¿Qué es lo que te daña? ¿Puede lo alto, o lo profundo, o cualquier otra cosa creada separarte del Amor que es el bien omnipresente — que bendice infinitamente a uno y a todos?

Simplemente considera como tu enemigo todo cuanto profane, desfigure y destrone la imagen del Cristo que tú debes reflejar. Todo aquello que purifica, santifica y consagra la vida humana, no es un enemigo, por mucho que se sufra en el proceso. Shakespeare escribe: “Dulces son los usos de la adversidad”. Jesús dijo: “Bienaventurados sois cuando por mi causa os vituperen y os persigan, y digan toda clase de mal contra vosotros, mintiendo;… porque así persiguieron a los profetas que fueron antes de vosotros”.

La ley hebraica con sus “Noes”, su exigencia y su sentencia, sólo puede cumplirse por medio de la bendición evangélica. Entonces, “Bienaventurados sois”, puesto que la consciencia del bien, de la gracia y de la paz se adquiere mediante la aflicción bien comprendida, santificada por la purificación que trae a la carne — al orgullo, a la ignorancia acerca de uno mismo, a la obstinación, al egoísmo y a la justificación propia. ¡Dulces, verdaderamente, son estos usos de Su vara! Bueno es que el Pastor de Israel hace pasar bajo Su vara a todo Su rebaño hacia Su redil; así contándolo, y amparándolo, finalmente, contra los elementos terrenales.

“Ama a tus enemigos” es idéntico a “No tienes enemigos”. ¿En qué se relaciona esta conclusión con aquellos que te han odiado sin causa? Simplemente en que esos infortunados individuos son virtualmente tus mejores amigos. En primer y último caso, te están haciendo bien en medida muy superior al concepto que ahora puedas tener del bien.

Aquellos a quienes llamamos amigos parecen endulzar la copa de la vida y llenarla con el néctar de los dioses. Llevamos esta copa a nuestros labios; pero se nos cae de las manos, haciéndose pedazos ante nuestros ojos. Quizás, habiendo saboreado su vino tentador, nos embriaguemos; caigamos en un letargo y nos convirtamos en soñadores, objetos de la autosatisfacción; o bien, habiendo perdido su sabor esta copa de egoísta placer humano, la hacemos a un lado voluntariamente al considerar que su contenido es insípido e indigno de las aspiraciones humanas.

Y ¿por qué no seguimos disfrutando de esta sensación efímera, con sus deliciosas formas de amistad, con que los mortales se van educando en la satisfacción de placeres personales y adiestrándose en una paz traicionera? Porque éste es el grande y único peligro en el camino que va hacia lo alto. Un concepto falso de lo que constituye la felicidad es más desastroso para el progreso humano que todo lo que un enemigo o la enemistad pueda imponer a la mente o implantar en sus propósitos y logros para impedir los goces de la vida y aumentar sus penas.

No tenemos enemigos. Todo lo que la envidia, el odio y la venganza — los móviles más despiadados que gobiernan la mente mortal — todo lo que éstos traten de hacer, “a los que aman a Dios” les ayudará “a bien”.

¿Por qué?

Porque Él ha llamado a los Suyos, los ha armado, equipado, y les ha provisto con defensas inexpugnables. Su Dios no permitirá que se pierdan; y si cayeren se levantarán de nuevo, más fuertes que antes del tropiezo. Los buenos no pueden perder a su Dios, su socorro en las angustias. Si equivocaran el mandato divino, corregirán su equivocación, darán contraorden, volverán sobre sus pasos, y restablecerán Sus órdenes, más seguros de avanzar sin peligro. La mejor lección de su vida la obtienen batiéndose con la tentación, con el temor y con las embestidas del mal; ya que habrán ensayado y probado así su fuerza; ya que habrán comprobado que ésta se perfecciona en las flaquezas y que su temor se habrá inmolado a sí mismo. Esta destrucción es una quimicalización moral, en la cual las cosas viejas pasan y todas son hechas nuevas. Así se aniquilan las tendencias mundanas o materiales de los afectos e intereses humanos; y éste es el advenimiento de la espiritualización. El cielo desciende a la tierra, y los mortales aprenden por fin la lección: “No tengo enemigos”.

Aun en creencia no tienes sino uno (y, en la realidad, ni ése), y este único enemigo eres tú mismo — tu creencia errónea de que tienes enemigos; de que el mal es real; y de que en la Ciencia existe algo más que el bien. Tarde o temprano, tu enemigo despertará de su engaño para sufrir por su mala intención; para encontrar que, aunque frustrada, su castigo es diez veces mayor.

El amor es el cumplimiento de la ley: él es gracia, misericordia y justicia. Yo solía creer que era muy justo cumplir con las leyes estatales; que si un hombre atentara contra mi vida apuntándome al corazón, y que si al disparar yo primero, pudiera matarlo y así salvar mi vida, estaría en lo justo. También creía que si enseñaba gratuitamente a alumnos sin recursos, ayudándolos después pecuniariamente, y si al clausurarse la clase continuaba enseñando a los vacilantes, dándoles precepto sobre precepto — si mis instrucciones los habían sanado y señaládoles el camino seguro de la salvación — ya había cumplido con todo mi deber hacia mis alumnos.

El Amor no mide con la vara de la justicia humana, sino con la de la misericordia divina. Si nuestra vida se viera amenazada, y sólo pudiéramos salvarla de acuerdo con la ley común, es decir, quitando la vida a otro, ¿preferiríamos sacrificar la nuestra? Debemos amar a nuestros enemigos en todas aquellas manifestaciones en las que y por las que amamos a nuestros amigos; incluso tenemos que procurar no exponer sus faltas, sino hacerles bien cada vez que se presente la oportunidad. Cuando medimos con la vara de la justicia humana a quienes nos persiguen e injurian, no estamos dejando toda retribución a Dios ni estamos devolviendo bendición por maldición. Si no se presentara una oportunidad especial para hacer el bien a nuestros enemigos, podemos incluirlos en nuestro esfuerzo general por beneficiar a la raza humana. Porque puedo hacer mucho bien general a aquellos que me odian, lo hago con especial y prudente cuidado — ya que no me dejan hacerlo de otro modo, aunque con lágrimas me he esforzado por ello. Cuando me han herido en una mejilla, he presentado la otra: no tengo sino dos.

Me gustaría tomar de la mano a todos aquellos que no me aman y decirles: “Yo os amo, y no os haría ningún daño a sabiendas”. Porque así lo siento, digo a otros: No odiéis a nadie; pues el odio es un foco de infección que propaga su virus y acaba por matar. Si nos entregamos al odio, nos domina; al que lo tiene le ocasiona sufrimiento tras sufrimiento, en todo momento y más allá de la tumba. Si has sido injuriado profundamente, perdona y olvida: Dios recompensará este agravio y castigará, más severamente de lo que podrías hacerlo tú, a quien ha procurado perjudicarte. Jamás devuelvas mal por mal; y, sobre todo, no te imagines que has sido injuriado cuando no lo has sido.

El presente es nuestro; el futuro está lleno de acontecimientos. Todo hombre y mujer debieran ser hoy en día una ley para sí mismos — leales al Sermón pronunciado por Jesús en el monte. Los medios para pecar secreta e impunemente han aumentado en tal forma que, si no nos mantenemos alerta y firmes en el Amor, nuestras tentaciones para pecar se centuplicarán. En estos tiempos la mente mortal trabaja silenciosamente de la manera menos comprendida en beneficio de ambos, el bien y el mal; de ahí surgen la necesidad de estar alerta y el peligro de ceder a la tentación por causas que antes no existían en la historia humana. La acción y los efectos de esta llamada mente humana en sus argumentos silenciosos, quedan aún por ser desenmascarados y tratados sumariamente por la justicia divina.

En la Ciencia Cristiana, la ley del Amor alegra al corazón; y el Amor es Vida y Verdad. Todo cuanto manifieste lo contrario en sus efectos sobre el género humano, demostrablemente no es Amor. Debiéramos evaluar el amor que sentimos hacia Dios por el amor que sentimos por el hombre; y nuestra comprensión de la Ciencia será evaluada por nuestra obediencia a Dios — en el cumplimiento de la ley del Amor, haciendo bien a todos; impartiendo la Verdad, la Vida y el Amor, en el grado en que nosotros mismos los reflejemos, a todos los que se hallen dentro del radio de nuestra atmósfera de pensamiento.

La única justicia que me siento capaz de hacer ahora, es la de la misericordia y la caridad hacia todos — sólo en la medida en que todos y cada uno me permitan expresar estos sentimientos hacia ellos — cuidándome especialmente de no inmiscuirme en asuntos ajenos.

La falsedad, la ingratitud, el juicio equivocado y la acerba recompensa al bien con el mal — sí, los agravios reales (si es que el agravio puede ser real) que he soportado por mucho tiempo a manos de otros — muy felizmente me han elaborado la ley de amar a mis enemigos. Ahora exhorto a todos los Científicos Cristianos a que presten seria consideración a esta ley. Jesús dijo: “Si amáis a los que os aman, ¿qué mérito tenéis? Porque también los pecadores aman a los que los aman”.