Un Sermón De Navidad |

Un Sermón De Navidad

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TEMA: El Salvador corpóreo y el incorpóreo

TEXTO: Porque un niño nos es nacido, hijo nos es dado, y el principado sobre su hombro; y se llamará su nombre Admirable, Consejero, Dios fuerte, Padre eterno, Príncipe de paz. — Isa as 9:6.

PARA los sentidos, Jesús era el hijo del hombre; en la Ciencia, el hombre es el hijo de Dios. Los sentidos materiales no podían percibir al Cristo, o Hijo de Dios: la aproximación de Jesús a este estado del ser fue lo que lo hizo Jesús el Cristo, el semejante a Dios, el ungido.

El profeta cuyas palabras hemos elegido para nuestro texto profetizó el advenimiento de esta naturaleza dual, dotada tanto de lo humano como de lo divino, el Jesús personal y el impersonal.

La única crónica acerca de nuestro Maestro como benefactor público, o Salvador personal, comienza cuando tenía treinta años de edad; debido en parte, tal vez, a la ley judaica de que nadie debía enseñar o predicar públicamente antes de cumplir esa edad. Además, es natural inferir que a esta sazón se hallaba especialmente dotado del Espíritu Santo; pues le fue dado el nuevo nombre de Mesías, o Jesucristo —el ungido por Dios; tal como en momentos de especial iluminación, Jacobo fue llamado Israel; y Saulo, Pablo.

El tercer acontecimiento de este extraordinario período —¡un período de tan maravilloso significado espiritual para la humanidad!— fue el advenimiento de un cristianismo más elevado.

Desde esta cima deslumbrante, coronada por Dios, súbitamente se presentó el Nazareno ante la gente y sus escuelas de filosofía: la gnóstica, la epicúrea y la estóica. Tuvo que detener estos crecientes elementos coléricos y andar serenamente sobre sus agitadas y encrespadas olas.

Aquí la cruz se convirtió en el emblema de la historia de Jesús; en tanto que el punto central de su misión mesiánica fue la paz, la buena voluntad, el amor, la enseñanza y la curación.

Revestido con el poder divino, Jesús estaba preparado para contener la oleada de judaísmo y probar que su poder, derivado del Espíritu, era supremo; estaba listo para colocarse cual cordero sobre el altar del materialismo, y desde ahí elevarse a su estado original en el Espíritu.

El Jesús corpóreo llevó nuestras flaquezas, y mediante sus llagas nosotros sanamos. Él fue el Mostrador del camino, y padeció en la carne, enseñando a los mortales cómo escapar de los pecados de la carne.

No existió un Jesús de Nazaret incorpóreo. El hombre espiritual, o Cristo, fue creado a la semejanza del Padre, sin corporeidad o mente finita.

El materialismo, la mundanalidad, el orgullo humano, o la obstinación, hubieran querido pervertir sus móviles y su semejanza al Cristo, y con ello destronar su poder como el Cristo.

Para llevar a cabo su sagrado propósito, tenía que olvidarse del yo humano.

Siendo del linaje de David, salió como él, tan sencillo como el joven pastor, para desarmar a Goliat. Revestido con la panoplia de la fortaleza de una esperanza, fe y entendimiento excelsos, procuró conquistar el tres-en-uno del error: el mundo, la carne y el demonio.

Tres años anduvo por todas partes haciendo el bien. Durante treinta años se estuvo preparando para sanar y enseñar divinamente; pero su misión de tres años fue una maravilla de gloria; su guirnalda, una tumba de deshonra para el sentido mortal —¡de la que surgió una victoria sublime y eterna!

Aquel que diera fecha al tiempo, a la era cristiana, y abarcara la eternidad, fue el hombre más humilde de la tierra. Sanó y enseñó a lo largo del camino, en hogares humildes; al hipócrita consumado, y a discípulos torpes explicó la Palabra de Dios, la cual, desde entonces, ha madurado en interpretación por medio de la Ciencia.

Sus palabras fueron articuladas en el lenguaje de una raza en decadencia, y encomendadas a la providencia de Dios. En ninguna otra cosa pareció menos humano y más divino que en su fe inquebrantable en la inmortalidad de la Verdad. Refiriéndose a esto, dijo: “¡El cielo y la tierra pasarán, pero mis palabras no pasarán!” y no han pasado: viven aún; y constituyen la base de la libertad divina, el medio de expresión de la Mente, la esperanza del género humano.

¡Salvador personal por sólo tres años! sin embargo, los cimientos que sentó son tan eternos como la Verdad misma, la piedra angular principal.

Después de su breve y valerosa lucha, y de la crucifixión del hombre corpóreo, el Salvador incorpóreo —el Cristo o idea espiritual que guía a toda la Verdad— tenía que venir por medio de la Ciencia Cristiana, demostrando la curación del cuerpo y de la mente.

Esta idea o esencia divina siempre estuvo, y está, ocupándose de las cosas del Padre; proclamando el Principio de la salud, la santidad y la inmortalidad.

Su Principio divino interpreta la idea incorpórea, o Hijo de Dios; de ahí que lo incorpóreo y lo corpóreo se distingan así: el primero es la idea espiritual que representa el bien divino, y el segundo es la manifestación humana de lo bueno en el hombre. La Ciencia del cristianismo, que ha aparecido con el madurar del tiempo, revela al Cristo incorpóreo; y éste se irá percibiendo cada vez más claramente hasta que sea reconocido, entendido, —y el Salvador, que es la Verdad, sea comprendido.

Esta idea espiritual del Principio del hombre o del universo, apareció a la visión de los Magos como una estrella. Al comienzo, el niño Jesús pareció pequeño a los mortales; pero desde el monte de la revelación, el profeta lo contempló desde un principio como el Redentor, que presentaría una manifestación maravillosa de la Verdad y el Amor.

En nuestro texto, Isaías predijo: “Se llamará su nombre Admirable, Consejero, Dios fuerte, Padre eterno, Príncipe de paz”.

A medida que los Magos progresaron en la comprensión del Cristo, o sea la idea espiritual, esta idea creció para ellos en gracia. Continuará así, en la medida en que esto se vaya comprendiendo, hasta que el hombre sea hallado a la semejanza misma de su Hacedor. El más alto concepto humano que ellos tenían del hombre Jesús, que lo presentaba como el Hijo único de Dios, el unigénito del Padre, lleno de gracia y de Verdad, alcanzará, por medio de la lente de la Ciencia, tal magnitud para el concepto humano, que revelará que el hombre, colectiva como individualmente, es el hijo de Dios.

El concepto limitado acerca de las ideas de Dios surgió del testimonio de los sentidos. La Ciencia proporciona la evidencia de que Dios es el Padre del hombre, de todo lo que es real y eterno. Esta idea espiritual que el Jesús personal demostró hace más de dieciocho siglos, echando fuera males y sanando a los enfermos, desapareció gradualmente; no sólo en razón de la ascensión de Jesús, por la que se evidenció que se había elevado por encima del concepto humano que de él se tenía, sino también debido a la corrupción de la Iglesia.

El postrer advenimiento de la Verdad será una idea totalmente espiritual acerca de Dios y el hombre, sin las trabas de la carne, o la corporeidad. Esta idea infinita de la infinitud será, es, tan eterna como su Principio divino. El lucero de este advenimiento es la luz de la Ciencia Cristiana —la Ciencia que rasga el velo de la carne de arriba abajo. La luz de esta revelación no deja nada que sea material; ni tinieblas, dudas, enfermedad ni muerte. La corporeidad material desaparece; y la espiritualidad individual, perfecta y eterna, aparece —para no desaparecer jamás.

La verdad que Jesús declaró y vivió, quien al irse dejó a los mortales el rico legado de lo que dijo e hizo, hace a sus seguidores herederos de su ejemplo; mas no podrán apreciar ni apropiarse de sus tesoros de Verdad y Amor, hasta que se eleven a ellos mediante su propio progreso y experiencias. La bondad y la gracia de Jesús compraron los medios de redención de los mortales del pecado; pero nunca pagaron el precio del pecado. Este precio, nadie sino el pecador lo puede pagar; y conforme salde esta cuenta con el Amor divino, está preparado el pecador para valerse de las ricas bendiciones que emanan de la enseñanza, el ejemplo, y el sufrimiento de nuestro Maestro.

Los depósitos secretos de la sabiduría tienen que descubrirse, sus tesoros tienen que reproducirse y ser dados al mundo, antes de que el hombre pueda sinceramente llegar a la conclusión de que ha sido hallado en el orden, modo y origen virginal del hombre de acuerdo con la Ciencia divina, que es lo único que demuestra el Principio divino e idea espiritual del ser.

El monumento cuyo dedo señala hacia lo alto, conmemora la vida terrenal de un mártir; mas ésta no representa el todo del filántropo, héroe y cristiano. La Verdad que él ha enseñado y expresado vive, y obra en nuestro medio cual inspiración divina. Es así como el Cristo ideal —o infancia, masculinidad y feminidad impersonales de la Verdad y el Amor— está aún con nosotros.

Y ¿qué de este niño? —”Porque un niño nos es nacido, hijo nos es dado, y el principado sobre su hombro”.

Este niño, o idea espiritual, ha desarrollado un oído más atento para la obertura de ángeles y la comprensión científica de la Verdad y el Amor. Cuando el Cristo, la idea incorpórea de Dios, carecía de nombre, y no había una María que supiese cómo explicar su origen espiritual, la idea de hombre no fue comprendida. La religión judaica hasta exigió a la Virgen madre ir al templo a purificarse, por haber dado a luz al niño Jesús corpóreo, cuyo origen era más espiritual de lo que los sentidos podían interpretar. Al igual que la levadura que tomó una mujer y la encubrió en tres medidas de harina, la Ciencia de Dios y la idea espiritual, denominada en este siglo Ciencia Cristiana, está leudando la masa del pensamiento humano, hasta que toda la masa sea leudada y desaparezca todo materialismo. Esta acción de la energía divina, aun cuando no ha sido reconocida, ha llegado a ser considerada como la difusora de las más ricas bendiciones. Esta idea espiritual, o Cristo, tuvo que ver con todos los detalles de la vida del Jesús personal. Lo hizo un hombre honrado, un buen carpintero y un hombre bueno, antes de que pudiera convertirlo en el glorificado.

En esta época, las preguntas materiales que se hacen acerca de la reaparición del concepto infantil del hombre creado por Dios, se asemejan a las de una madre carnal, aunque las respuestas se refieren a la idea espiritual según la Ciencia Cristiana: —

¿Es él deforme? Él es completamente simétrico; del todo amable.

¿Es el recién nacido hijo o hija?

Ambos, hijo e hija, o sea la idea compuesta de todo lo que se asemeja a Dios.

¿

Cuánto pesa?
Su sustancia sobrepasa el mundo material.

¿Qué edad tiene?
Sus días no tienen principio ni fin.

¿Cómo se llama?
Ciencia del Cristo.

¿Quiénes son sus padres, hermanos y hermanas?
Su Padre y Madre son la Vida, la Verdad y el Amor divinos; y aquellos que hacen la voluntad de su Padre son sus hermanos.

¿Es heredero de alguna fortuna? ” ¡El principado sobre su hombro!” Él tiene dominio sobre toda la tierra; y en admiración de su origen exclama:

“¡Yo te alabo, oh Padre, Señor del cielo y de la tierra, porque escondiste estas cosas de los sabios y entendidos, y las has revelado a los niños!”

¿Es él maravilloso?
Sus obras demuestran que lo es. Él da poder, paz y santidad; exalta al humilde, da libertad al cautivo, enfermo, salvación del pecado al pecador —¡y vence al mundo!

Id y declarad las cosas que veréis y oiréis: los espiritual y físicamente ciegos reciben la vista; los cojos, aquellos que cojean entre dos pensamientos o renquean con muletas, andan; los leprosos, físicos y morales, son limpiados; los sordos —aquellos que, teniendo oídos, no oyen, y que sufren de “tímpano cerebral” — oyen; los muertos, los sepultados en dogmas y padecimientos físicos, son resucitados; y al pobre — al humilde en Cristo, no al rabino hecho por el hombre — le es predicado el evangelio. Observad esto: sólo los puros en espíritu, libres de vanagloria y de conocimientos vanos, reciben la Verdad.

Aquí termina el diálogo; y una voz procedente del cielo parece decir: “Ven y mira”.

Los profetas del siglo diecinueve repiten: “Un hijo nos es dado”.

Los pastores exclaman: “¡Vemos el aparecer de la estrella!” — y los de limpio corazón aplauden.