Prefacio
From Ciencia y Salud con la Llave de las Escrituras por Mary Baker Eddy
Conoceréis la verdad, y la verdad os hará libres.
Juan 8:32
No hay nada bueno ni malo, sino que el pensar lo hace así.
Shakespeare
¡Oh! Tú has oído mi oración, Y ¡me has bendecido!
Esta es Tu sublime promesa: — Tú aquí, y en todas partes.
Mary Baker G. Eddy
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Prefacio
1 Para aquellos que se apoyan en el infinito sostenedor, el
día de hoy está lleno de bendiciones. El pastor vigilante
3 contempla los primeros tenues rayos del alba antes de que lle-
gue el pleno resplandor de un nuevo día. Así brilló la pálida
estrella para los pastores profetas; sin embargo, atravesó la
6 noche, y llegó donde, envuelto en tierno amparo, se hallaba el
niño de Belén, el heraldo humano del Cristo, la Verdad, quien
había de aclarar al entendimiento oscurecido el camino de
9 la salvación mediante Cristo Jesús, hasta que a través de una
noche de error alborearan los rayos de la mañana y brillara la
estrella guiadora del ser. Los Magos fueron guiados a con-
12 templar y a seguir este lucero matutino de la Ciencia divina,
que ilumina el camino hacia la armonía eterna.
La hora de los pensadores ha llegado. La Verdad, inde-
15 pendiente de doctrinas y sistemas honrados por el tiempo,
llama al portal de la humanidad. La conformidad con el
pasado y el frío convencionalismo del materialismo se están
18 desmoronando. La ignorancia de lo que es Dios ya no es la
pasadera hacia la fe. La única garantía de obediencia es una
comprensión correcta de Él, a quien conocer correctamente
21 es la Vida eterna. Aunque los imperios caigan, “reinará
Jehová para siempre”.
Un libro introduce pensamientos nuevos, pero no puede
24 hacer que sean rápidamente comprendidos. Es la tarea
del pionero robusto derribar el alto roble y cortar el tosco
granito. Las épocas futuras deben declarar lo que el pionero
27 ha logrado.
Desde que la autora descubrió el poder de la Verdad en
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1 el tratamiento tanto de la enfermedad como del pecado, su
sistema ha sido puesto a prueba plenamente, y no se le ha
3 encontrado deficiencia alguna; mas para alcanzar las alturas
de la Ciencia Cristiana, el hombre tiene que vivir en obedien-
cia al Principio divino de esta Ciencia. Para desarrollar todo
6 el poder de esta Ciencia, las discordias del sentido corporal
tienen que ceder a la armonía del sentido espiritual, así como
la ciencia de la música corrige los tonos falsos y da dulce
9 concordancia a los sonidos.
La teología y la física enseñan que tanto el Espíritu
como la materia son reales y buenos, mientras que el hecho
12 es que el Espíritu es bueno y real, y la materia es lo opuesto
del Espíritu. La pregunta: ¿Qué es la Verdad?, es contestada
mediante la demostración, sanando tanto la enfermedad
15 como el pecado; y esta demostración enseña que la curación
cristiana confiere el máximo de salud y produce los mejores
hombres. Sobre esta base la Ciencia Cristiana tendrá una
18 lucha justa. La enfermedad ha sido combatida durante
siglos por los médicos usando remedios materiales; pero se
suscita la pregunta: ¿Hay menos enfermedades debido a estos
21 médicos? Un rotundo “No” es la respuesta que se deduce de
dos hechos conexos: la reputada longevidad de los antedilu-
vianos y la rápida multiplicación y creciente virulencia de las
24 enfermedades desde el diluvio.
En la obra Retrospección e Introspección, de la autora, se
puede encontrar un bosquejo biográfico que narra las expe-
27 riencias que la guiaron, en el año 1866, al descubrimiento del
sistema que ella denominó Ciencia Cristiana. Ya en 1862,
empezó a escribir y dar a sus amigos los resultados de su
30 estudio de las Escrituras, pues la Biblia fue su único maestro;
pero estas composiciones eran crudas: los primeros pasos de
un niño en el recién descubierto mundo del Espíritu.
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1 También comenzó a anotar sus pensamientos sobre el
tema principal, mas estas notas eran sólo balbuceos infantiles
3 acerca de la Verdad. Un niño sorbe el mundo exterior con
los ojos y se regocija con lo que sorbe. Está tan seguro de la
existencia del mundo como lo está de la suya; sin embargo,
6 no puede describir el mundo. Halla unas pocas palabras y
con estas, balbuciente, trata de comunicar su sentir. Más
tarde, la lengua expresa pensamientos más definidos, aunque
9 todavía imperfectamente.
Así ocurrió con la autora. Como cierto poeta dice de sí
mismo, ella “balbucía en versos, porque le venían los versos”.
12 Ciertos ensayos escritos en esa fecha temprana están todavía
en circulación entre sus primeros alumnos, pero son débiles
intentos de exponer el Principio y la práctica de la curación
15 cristiana, y no son exposiciones completas ni satisfactorias
de la Verdad. Hoy, aunque regocijándose en algún progreso,
todavía se considera una discípula bien dispuesta a la puerta
18 celestial, aguardando la Mente de Cristo.
Su primer folleto sobre la Ciencia Cristiana fue registrado
como propiedad literaria en 1870; pero no apareció impreso
21 hasta 1876, porque la autora había comprendido que esta
Ciencia tenía que ser demostrada mediante la curación, antes
de que una obra sobre el tema pudiera estudiarse con prove-
24 cho. Sin embargo, desde 1867 hasta 1875, algunos ejemplares
circularon entre sus amistades.
Antes de escribir esta obra, Ciencia y Salud, la autora
27 hizo cuantiosos apuntes con exposiciones sobre las Escrituras
que nunca han sido publicados. Esto fue durante los años
18 67 y 1868. Estos esfuerzos muestran su comparativa
30 ignorancia del estupendo problema de la Vida que ella tenía
hasta ese momento, y la forma gradual en que llegó por fin a
su solución; pero ella los valora como una madre o un padre
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1 puede atesorar los recuerdos del crecimiento de un hijo, y no
desearía que fueran alterados.
3 La primera edición de Ciencia y Salud fue publicada
en 1875. Varios libros sobre la curación mental han sido
publicados desde entonces, la mayoría de ellos incorrectos
6 en teoría y llenos de plagios de Ciencia y Salud. Ellos consi-
deran la mente humana como un agente sanador, mientras
que esta mente no es un factor en el Principio de la Ciencia
9 Cristiana. Unos pocos libros, sin embargo, que están basa-
dos en esta obra, son útiles.
La autora no ha comprometido la conciencia para
12 acomodarla a la corriente general de pensamiento, sino que
ha dado franca y honradamente el texto de la Verdad. No
ha hecho ningún esfuerzo por embellecer, elaborar, o tratar
15 en todos sus detalles un tema tan infinito. Mediante miles
de casos debidamente autenticados de curaciones, ella y sus
alumnos han comprobado el valor de sus enseñanzas. Estos
18 casos en su mayoría habían sido abandonados por incurables
por los médicos que los atendían. Pocos inválidos recurren
a Dios hasta que todos los apoyos físicos han fallado, porque
21 se tiene muy poca fe en Su disposición y poder para sanar la
enfermedad.
El Principio divino de la curación es comprobado en la
24 experiencia personal de cualquier buscador sincero de la
Verdad. Su propósito es bueno, y su práctica es más segura
y más potente que la de cualquier otro método de sanidad.
27 El pensamiento cristiano ecuánime es el alcanzado más
rápidamente por la Verdad, y convencido por ella. Sólo están
en desacuerdo con su método aquellos que no entienden
30 lo que la autora quiere decir, o que percibiendo la verdad,
no vienen a la luz para que sus obras no sean reprendidas.
Ninguna pericia intelectual es necesaria en los estudiantes,
33 mas una sana moral es sumamente deseable.
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1 Muchos imaginan que los fenómenos de la curación física
en la Ciencia Cristiana presentan sólo una fase de la acción
3 de la mente humana y que de dicha acción resulta, en alguna
manera inexplicada, la curación de las enfermedades. Por
el contrario, la Ciencia Cristiana explica racionalmente que
6 todos los otros métodos de la patología son los frutos de la fe
humana en la materia, de la fe en el funcionamiento, no del
Espíritu, sino de la mente carnal que tiene que ceder ante la
9 Ciencia.
La curación física de la Ciencia Cristiana resulta
ahora, como en el tiempo de Jesús, de la operación del Principio
12 divino, ante la cual el pecado y la enfermedad pierden su
realidad en la consciencia humana y desaparecen tan natural
y tan necesariamente como las tinieblas dan lugar a la
15 luz y el pecado a la reforma. Ahora, como entonces, estas
obras poderosas no son sobrenaturales, sino supremamente
naturales. Son la señal de Emanuel, o “Dios con nosotros”,
18 una influencia divina siempre presente en la consciencia
humana y repitiéndose a sí misma, viniendo ahora como fue
prometida antaño:
21 A pregonar libertad a los cautivos [del sentido],
Y vista a los ciegos;
A poner en libertad a los oprimidos.
24 Cuando Dios llamó a la autora para proclamar Su
Evangelio a esta época, también vino el encargo de plantar
y regar Su viña.
27 La primera escuela de la Ciencia Cristiana de la cura-
ción-Mente fue inaugurada por la autora con un solo alumno
en Lynn, Massachusetts, alrededor de 1867. En 1881, ella
30 abrió el Colegio de Metafísica de Massachusetts, en Boston,
con la autorización del Estado, por haberse aprobado una
ley relativa a las facultades, la cual le permitió establecer
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1 legalmente esta institución con propósitos médicos. No se
concedieron licencias para tales instituciones a los Científicos
3 Cristianos después de 1883, y hasta esa fecha, el suyo era el
único colegio de este carácter que se había establecido en los
Estados Unidos, donde la Ciencia Cristiana fue introducida
6 por primera vez.
Durante siete años más de cuatro mil estudiantes fueron
enseñados por la autora en este colegio. Mientras tanto,
9 era ella pastora de la primera Iglesia de Cristo, Científico,
que se estableció; Presidenta de la primera Asociación de
Científicos Cristianos, la cual se reunía mensualmente;
12 editora de sus propias obras; y (durante parte de este tiempo)
la única directora y editora del Christian Science Journal,
la primera publicación periódica difundida por los Científicos
15 Cristianos. Ella cerró el colegio el 29 de octubre de 1889, en
el auge de su prosperidad, con una profunda convicción de
que los dos años siguientes de su vida debían ser dedicados
18 a la preparación de la revisión de Ciencia y Salud, la cual fue
publicada en 1891. Retuvo su licencia para el colegio, y como
su Presidenta, la reabrió en 1899 como institución auxiliar de
21 su iglesia. Hasta el 10 de junio de 1907, ella nunca había leído
este libro completa y consecutivamente con el fin de elucidar
el idealismo que en él expresó.
24 En el espíritu del amor de Cristo, —como quien “todo
lo espera, todo lo soporta”, y se regocija en llevar consuelo
a los afligidos y curación a los enfermos— ella dedica estas
27 páginas a los honestos buscadores de la Verdad.
Mary Baker Eddy