La Sombra Santa |

La Sombra Santa

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Hace mucho, mucho tiempo, vivía un santo tan bueno que los ángeles asombrados descendieron del cielo para ver cómo podría un mortal ser tan piadoso. Simplemente dedicό su vida cotidiana, difundiendo la virtud como la estrella difunde la luz y la flor el perfume, sin ni siquiera ser consciente de ello.

Dos palabras resumieron su día: – dio, perdonó. Sin embargo, estas palabras nunca salieron de sus labios: se expresaron en su dispuesta sonrisa, en su bondad, tolerancia y caridad.

Los ángeles le dijeron a Dios: “Oh Señor, concédele el don de los milagros” Dios respondió: “Doy mi consentimiento: pide lo que él desea”.

Entonces le dijeron al santo: “¿Te gustaría el toque de tus manos para curar a los enfermos?”

“No”, contestó el santo: “Preferiría que Dios hiciera eso”.

“¿Te gustaría convertir almas culpables y traer de vuelta a los corazones errantes al camino correcto?”

“No: esa es la misión de los ángeles. Oro, no convierto”.

“¿Te gustaría convertirte en un modelo de paciencia, atrayendo a los hombres con el lustre de tus virtudes y glorificando así a Dios?”

“No”, respondió el santo: “si los hombres se sintieran atraídos por mí, se alejarían de Dios. El Señor tiene otros medios de glorificada a sí mismo”.

“¿Qué deseas entonces?” gritaron los ángeles.

“¿Qué puedo desear?” preguntó el santo sonriendo. “Que Dios me dé su gracia: ¿con eso no debería tenerlo todo?”

Pero lo ángeles insistieron: “Debes pedir un milagro, o uno será puesta sobre ti”.

“Muy bien”, dijo el santo: “¡que yo pueda hacer muchísimo bien, sin ni siquiera saberlo!”

Los ángeles estaban muy perplejos. Se reunieron en consejo y resolvieron sobre el siguiente plan: cada vez que la sombra del santo cayera detrás de él, o en cualquier lado, de modo que no pudiera verla, debería tener el poder de curar enfermedades, aliviar el dolor y consolar la pena.

Y así sucedió. Cuando el santo caminaba, su sombra arrojada en el suelo, a ambos lados o detrás de él, hizo verdes los caminos áridos, causo que las plantas marchitas florecieran, dio agua clara a los arroyos secos, color fresco a los niños pálidos y alegría a las madres infelices.

Pero el santo simplemente se dedico a su vida cotidiana, difundiendo la virtud como la estrella difunde la luz y la flor el perfume, sin ni siquiera ser consciente de ello.

Y la gente, respetando su humildad, lo siguió en silencio, sin hablarle nunca acerca de sus milagros. Poco a poco, llegaron incluso a olvidar su nombre, y lo llamaron solo, “La Sombra Santa”.